GRITOS EN LA CAVERNA

Hoy me salgo de la línea editorial de este sitio. Hoy no voy a teñir de purpurina ninguna afirmación. No hay arcoíris señalándole el camino a los unicornios rosas. Hoy hay carne viva, de principio a fin. Porque hay temporadas en las que los unicornios se tornan figuras de sal, frías, sin alma, sin alegría. No tomen esto por favor, al pie de la letra.

En este año y medio de “mierdemia” todos hemos cambiado mucho. Hemos tomado caminos que nunca esperábamos tomar, nos hemos recluido en nuestro circulo, nos hemos confinado emocionalmente.

A la vez que el aislamiento nos era impuesto; muchos se han impuesto uno en el alma, el corazón, la energía social, o la consideración. Nos hemos vuelto más egoístas y egocéntricos. ¿Por qué no, si al fin y a la postre no podíamos salir ni relacionarnos?

He repetido hasta la extenuación en este blog que yo soy una persona alimentada de personas; mi energía me la da el mejor cargador del mundo, el amor de mis personas hogar. 

Pero últimamente me siento triste -háganse cargo de que, a pesar de no existir unicornios, tampoco voy a recrudecer el asunto, que la realidad siempre supera la ficción- y aunque tengo claras varias razones, había una que se me escapaba. Tras días de introspección en busca de respuestas; me di cuenta de que me sentía sola, y sin gasolina.

Yo misma me reprendí severamente por ello, porque soy consciente de que tengo mucha gente a mi alrededor que me quiere y que me ayuda, que se preocupa por mi cuando hay que hacerlo. Soy plenamente consciente y doy gracias por ello. También me doy cuenta de que la vida me sonríe, que aparentemente todo va bien, que no puedo pedir más. 

Tengo una vida que me sonríe, tengo trabajo, una buena vida y unos hijos y un marido estupendos, con sus cosas, como yo; lo que es la vida real; y me siento agradecida por ella.

Pero el hecho, es que me siento sola. Porque demasiadas cosas han cambiado en la “mierdemia”, nos hemos acostumbrado a vivir en la cueva de nuestra casa, de solucionar a la fuerza solos, nuestros asuntos, y las relaciones de fuera de la cueva se ven con un prisma digno de la caverna de Platón. 

Platón describió en su brillante mito (o alegoría) un espacio oscuro y tenebroso, donde los hombres que allí habitan desde que nacen; viven encadenados de tal forma que solo puedan mirar hacia el fondo de la cueva, nunca hacia el exterior. Les encadenan del cuello; para que no puedan, aunque quieran; girar la cabeza para descubrir cualquier cosa novedosa. Tras ellos, un pasillo, una hoguera siempre encendida y la entrada a la cueva. De esta forma verán lo que pasa fuera, únicamente en forma de sombra, siempre deformada, y por ende, en blanco y negro. Pero para ellos, que solo han conocido esa forma de vida; entienden como ciertas únicamente, aquello que ven en las sombras proyectadas.

Seguramente me diréis ahora que nosotros hemos conocido mucho más que sombras; pero bien parece que nos hemos acostumbrado tanto, a vivir de paredes para dentro que todo lo demás lo hemos relegado a un segundo o tercer plano. Se añade además el agravante de que las sombras hacen más grandes las figuras que vemos, los problemas que nos acechan son más terribles y oscuros que antes. 

Se añade además otro factor. El puñetero arcoíris lleno de unicornios que la gentecilla esta de las redes sociales, como La Vecina o Mr. Wonderful, empeñados tozudamente en que la vida es maravillosa y nosotros debemos vivir en una nube rosa… Y nosotros hemos comprado esa idea. De cara a la galería todo es magia, y eso, sin duda, nos encierra aún más en esas sombras iluminadas de doradito para los vecinos.

Bien, no creo en los unicornios. Creo en la positividad, pero se me ha acabado la batería del buen amor… Aunque se está cargando, no tengo el cargador rápido. 

Me he retirado a un rincón. Mucha gente se ha dado cuenta… pero otra mucha no… ni siquiera parte mis personas. Y no las culpo ojo, que cada uno tenemos nuestras “mierdicas” que vemos aumentadas… por mucho, y en ellas nos centramos. 

Pero, sin embargo, mucha gente confía en mi…y me confía sus problemas. Yo estoy feliz de recibirlos; entiéndase feliz como sentirse parte de algo, como una muestra de que realmente significo algo para ellos. Eso para mí es como el aire que respiro. 

Yo ni pido ni quiero, reciprocidad en mis desvelos por la gente a la que quiero. Solo un abrazo de estoy aquí, te entiendo. Unas palabras de aliento y un cuenta conmigo.

Cuando yo estoy “low-battery” me convierto en tortuga, con la cabeza metida en el caparazón, para no molestar, por no llamar la atención sobre mi persona ni sentir esa vulnerabilidad que me ataca los nervios.

Pero necesito gritar y que se me oiga, que se me permita llorar; hacer que esos hombres y mujeres de las cavernas consigan girar sus cabezas y acomodar la vista a la luz. Y que me vean con claridad. Como una roca que les sujeta cuando lo necesiten pero que ahora… de pronto, necesita un abrazo y un te quiero. Necesito silencio y abrazos, necesito amor y espacio. Suena contradictorio, pero creo que no ha de serlo. Necesito dejar de ser un cubo de basura emocional… y simplemente, dejar que me acaricien.

Supongo que muchos de los que me leéis en este momento estáis espantados. Pero no os preocupéis porque esto pasará… antes que después… cuando la batería se recargue del todo. Eso no va a tardar más que unos días. Pero por una vez, necesitaba vomitar bilis en vez de purpurina. Pido disculpas, pero en voz baja.

Porque me escucho y se lo que necesito, me hago relativo caso. Se lo que quiero, pero no todo está en mi mano. Nunca he sido tan necia de pretender que la gente me quiera como quiero ser querida; que me respete todo el mundo por ser quien soy; sin más, sin ser lo que ellos quieran o cuando lo pretendan. Me escucho, medito, vivo presente… y respiro con lo que hay, que en este momento es esto… pero que no estará aquí para siempre.

Espacio, caricias y tiempo; sobre todo de mis personas hogar; para una tortuga recargando batería.