REFLEXIONES DE AMOR

Llueve, hay tormenta de septiembre, y hay un enorme aparato eléctrico. Fascina, hipnotiza, y te da ganas de correr bajo la lluvia fresca; sobre todo ahora, que la fiebre hace estragos, como cada noche en mi cuerpo. Como un arma sanadora, que limpia, que fuera capaz de llevarse el dolor por los imbornales.

Un rayo es capaz de generar una energía apabullante, de causar daños, pero también de dar luz.

Risto y Laura Escanes se han separado, ha sido anunciado. ¿Qué que leches me importa? Fueron como un símbolo de que el amor todo lo puede. Se enfrentaron al mundo. Desconozco la causa y sinceramente, no es lo que me importa. Les deseo suerte como personas; personas que no significan mucho en mi vida diaria, pero si sirven como ejemplo de la fragilidad del ser humano, del amor y de lo que damos por supuesto. 

Porqué nadie en esta vida puede permitirse el lujo de dar nada por supuesto. Pilares en la vida que crees indestructibles se pueden tambalear y caer; ejemplos que creías infalibles, invencibles, puede que no lo sean tanto, pueden caer. Y que por tanto, hay que cuidar todo lo que tenemos porque, aunque lo creamos nuestro, se puede evaporar en un instante.

Todos damos por supuesto, por ejemplo, nuestra propia salud. Incluso la mía, que ya a priori es una auténtica mierda; tenía unos límites claros y bien definidos; que me permitían llevar la vida a la que yo aspiraba. 

Todo me lleva a una conclusión. Y esta, pese a lo que pueda parecer, no es, sino un grito a la esperanza. Pero no a la esperanza del rezo y del deseo, sino a la esperanza que se trabaja, que se lucha y que se pelea. Porqué, y lo lamento, nada en esta vida es gratis. 

Amistad, amor, trabajo, éxito, estabilidad, trabajo y descanso; incluso miseria, desolación y lástima; todo ello, conlleva esfuerzo y constancia.  Todo depende de tu voluntad de lucha, de lo que estés dispuesto a dar de ti misma.

Saquemos a la palestra, por ejemplo, a la amistad. Uno de los valores fundamentales de mi vida (otro día entraremos si queréis, en el análisis de los pilares de mi forma de ser, mis valores fundamentales). A mis 43 años, es evidente que he tenido muchos amigos, varios AMIGOS; y que, por el normal transcurrir de la vida, haya perdido muchos por el camino. Muchos por el devenir de la vida, otros por desgaste, otros por distancia y algunos, los menos, sencillamente porque nuestros valores eran contrapuestos.

Pero me habéis oído muchas veces hablar de mi tribu. Mis personas, son aquellas por las que lucho, lucharé siempre porque nada perjudique nuestra relación, porque he de minimizar en la medida de mis posibilidades de que nada los dañe y porque sus motivos son siempre los míos. Distancia, tiempo, paciencia, generosidad y amor incondicional; a cada uno lo que necesite en cada momento. Esas son mis armas, mis mandamientos vitales. De nada sirve a nadie juzgar al otro, poner en duda sus motivos porque no sabes cuáles serán los tuyos mañana. Hoy, en estos tiempos de inmediatez y de exposición, todos nos creemos con derecho a juzgar los motivos y las motivaciones de lo que les ocurre a los demás. ¡No seamos necios, porque la mayoría de las veces, no sabemos ni lo que nos pasa a nosotros!

¿Quiénes saben lo que nos depara el mañana? Lo único que es seguro es lo que hagas para “trabajarte” tu día a día, poner toda la carne en el asador para que todo vaya bien. Si luego no sale… nunca podrás reprocharte no haber hecho lo imposible.

Pasa con los amigos también, pasan baches, necesitan tiempo y distancia, o a veces, necesitan tu presencia y tu brazo dónde llorar, tu silencio y tu consuelo sin juicios, tu “simplemente estar”, porque a veces los silencios curan más que las palabras. No seamos necios ni soberbios, no pensemos que nuestra experiencia vital es transferible a los demás. Simplemente seamos y estemos. Demos nuestro corazón y nos veremos recompensados con el calor que da el amor. Y si, por un mal giro del destino, por alguna mala decisión o debilidad de aquel que tenemos enfrente, nos hacen daño; no tenemos, sino que aplicarnos esa misma terapia a nosotros; amor incondicional y paciencia.

Un abrazo de mi tribu, de mi familia elegida y de la que me toca, son un empujón de valor y de alegría.

Hace poco tiempo que estoy en una “parada técnica de trabajo” por cuestiones de salud, y pasó algo que hasta hace más bien poco me hubiera hecho daño, por repetición vital. 

Una persona que, por estamento, pasó a ser mi superior, y a la que conocía hacia muchos años; de nuevo me juzgó y me contempló desde la óptica de la persona enferma, sin ser capaz por miopía y torpeza humana; de ver simplemente mi valía profesional, mi potencial y mi entrega, mi compromiso y mi esfuerzo. Miro la paja, y se cegó. Curiosamente, las personas que me han conocido directamente en mi plano profesional, nunca han dudado de mi valía y, en mayor o menor medida, admiran mi capacidad de trabajo.

Pero curiosamente, eso no me importa. Más bien, me da lástima que solo reparen en las debilidades del prójimo, que se queden en la superficie. Toda la vida he pensado que nuestro comportamiento es un espejo de nuestra personalidad… y que “solo” ver la debilidad en los demás, es sin duda, una trampa del subconsciente.

No le guardo ningún rencor, porque me reafirma. Y porque aparte de creer en el mérito y el valor de DAR; otro de mis valores fundamentales es CREER en mis propias fortalezas, que son mucho más fuertes que mis carencias.

Ahora, cuando mi debilidad es patente, y mis fuerzas están en la parte del WARNING de la batería, cuando alguna vez caigo en la desesperación por el dolor, y sobre todo, por las renuncias a las que este me obliga… ahora precisamente, es cuando más tengo que refrescar mis valores, más fuerza en las creencias y más fe en mis fortalezas.

Mis personas, mi capacidad, mi corazón y mi capacidad de entrega son y serán capaces de vencer mis “ratitos de desesperación”. El amor hacía los demás y la fe en mí misma… y en mis posibilidades, son mis visualizaciones de vida, mis motores.

Tengo amor que dar a raudales, aun ahora, quizás más ahora que nunca, más capacidad de perdón y más calma que nunca… e incluso soy capaz de amarme a mí y acunar mi dolor sabiendo que, de alguna manera, me hará crecer más y mejor.

Por eso, a ti que me lees te pido que te quieras mucho, que te perdones y que te consueles. Porque de esa manera florecerás. Te pido que confíes en la gente que te quiere bien. Y que seas capaz de alzar tu voz y pedir cuando necesites ayuda. Te pido que te dejes querer.

Finalmente, te pido que reflexiones sobre todo esto. Y que, si estas líneas te inspiran un poquito, me dejes unas cuantas palabras y no un simple “me gusta”.