Del apósito al sistema: cuándo la biología desautoriza la costumbre

Hay un punto, incómodo pero inevitable, en el que el futuro del cuidado de las heridas deja de ser una cuestión técnica y se convierte en una cuestión de honestidad clínica. Porque cuando se dispone de herramientas para medir inflamación, perfusión, oxigenación, carga mecánica, estrés metabólico o desequilibrio endocrino, seguir actuando como si no existieran deja de ser ignorancia y pasa a ser una decisión consciente de no mirar. Y no mirar, en este contexto, tiene consecuencias directas sobre el tiempo de curación, el dolor, las complicaciones y, en muchos casos, la vida del paciente.
La integración real de biomarcadores no consiste en pedir analíticas, sino en aceptar lo que dicen cuando no encajan con lo que estamos haciendo. Ese es el conflicto. Una PCR persistentemente elevada no solo invalida la expectativa de proliferación; invalida también la lógica de seguir añadiendo estímulos locales. Un NLR alto sostenido no es un marcador “interesante”, es una señal de que el sistema inmune está polarizado hacia una respuesta que degrada tejido más rápido de lo que lo reconstruye. Y cuando a esto se suma una IL-6 elevada, el mensaje es claro: la herida está atrapada en un entorno sistémico que no permite avanzar, por muy correcto que sea el abordaje local.
Aquí es donde el futuro exige un salto cognitivo difícil: aceptar que hay heridas que no deben “empujarse”, sino esperar a que el terreno cambie. No esperar pasivamente, sino intervenir sobre lo que de verdad limita: inflamación, perfusión, oxigenación, metabolismo. Seguir actuando sobre la herida cuando el organismo no está en condiciones de reparar no es perseverancia, es insistencia estéril.
El eje del hierro y la oxigenación profundiza aún más este conflicto. La anemia funcional mediada por hepcidina no solo reduce la disponibilidad de oxígeno; distorsiona completamente la lectura clínica. El profesional ve una herida pálida, mal granulatoria, con bordes inactivos, y responde con productos que “estimulan”. Pero la biología no está esperando estímulo: está reclamando oxígeno utilizable. Mientras la inflamación mantenga la hepcidina elevada, el hierro seguirá secuestrado y la hipoxia persistirá. En este contexto, el futuro del cuidado de las heridas obliga a reconocer algo incómodo: no toda anemia se corrige, y no toda herida puede avanzar hasta que se corrija.
Este mismo razonamiento se extiende al metabolismo proteico y al estado anabólico. La albúmina baja no solo predice mal pronóstico; explica por qué fracasan muchas intervenciones “avanzadas”. El colágeno no se sintetiza sin aminoácidos disponibles, y la matriz extracelular no se estabiliza en un organismo catabólico. El IGF-1 bajo no es un marcador exótico: es la traducción bioquímica de un cuerpo que no puede entrar en fase constructiva. Aquí el futuro se vuelve especialmente incómodo, porque obliga a aceptar que hay heridas que no se cierran porque el organismo no puede permitirse cerrarlas. Y ninguna tecnología puede sustituir eso.
La enfermedad renal crónica, cuando se integra de verdad en el razonamiento, rompe definitivamente la ilusión de que todas las heridas son comparables. La uremia no es solo un entorno inflamatorio; altera la función de los fibroblastos, modifica la respuesta inmune cutánea, aumenta el estrés oxidativo y favorece un edema persistente que distorsiona el microambiente. Además, el eje CKD-MBD (PTH, fósforo, vitamina D) afecta directamente a la calidad del tejido y a la perfusión microvascular. En este contexto, insistir en curas estándar sin adaptar expectativas, objetivos y tiempos es clínicamente ingenuo. El futuro del cuidado de las heridas no va a permitir seguir ignorando que no todos los cuerpos juegan con las mismas reglas.

Los ejes endocrinos, cuando se profundizan, revelan otra capa de complejidad que rara vez se aborda en serio. El hipotiroidismo no solo enlentece la regeneración; reduce la respuesta a señales reparativas. El cortisol elevado de forma crónica no solo frena la inflamación: bloquea la proliferación celular y favorece la degradación proteica. El desequilibrio cortisol/DHEA-S traduce un estado de estrés mantenido que, aunque no figure en ninguna escala de heridas, tiene un impacto directo sobre la cicatrización. El futuro obliga a aceptar que dolor mal controlado, sueño fragmentado y estrés crónico son factores etiológicos, no simples acompañantes.
A nivel local, el microambiente adquiere una densidad biológica que ya no admite simplificaciones. Las MMP elevadas no son solo “proteasas altas”: son la expresión de un entorno donde la degradación supera a la síntesis. El desequilibrio MMP/TIMP implica que cualquier colágeno nuevo será destruido antes de organizarse. El pH alcalino sostenido favorece la actividad proteolítica y la persistencia del biofilm. En este escenario, la costra deja de ser una cuestión estética o cultural y se convierte en un actor fisiopatológico. Mantener una costra dura en una herida crónica es, en muchos casos, mantener la hipoxia, la inflamación y el biofilm encapsulados. El futuro no demoniza la costra, pero sí exige justificar su presencia. Y muchas veces, no hay justificación.
Lo mismo ocurre con la limpieza. El paradigma de “no limpiar” solo tiene sentido cuando el microambiente es favorable. En presencia de biofilm maduro, detritos o carga bacteriana, no limpiar es preservar exactamente aquello que bloquea la curación. El futuro no será más agresivo, pero sí más honesto: no intervenir también es una intervención, y sus consecuencias deben asumirse.
Es en este punto donde la termografía despliega todo su potencial, no como imagen aislada, sino como lectura funcional del territorio. La temperatura cutánea es un marcador dinámico de perfusión, inflamación y carga. Zonas hipertermias persistentes pueden indicar inflamación subclínica o presión mantenida antes de que aparezca lesión. Zonas hipoter-mias sostenidas señalan hipoperfusión real antes de la necrosis. Integrada con biomarcadores inflamatorios y con la evolución clínica, la termografía permite anticipar decisiones que antes solo podían tomarse tarde. El futuro no la utiliza para confirmar lo que ya se ve, sino para actuar cuando aún no se ve nada.
Los wearables llevan esta lógica al extremo. Presión, humedad, temperatura, pH monitorizados de forma continua eliminan la narrativa del azar. Cuando una úlcera aparece, ya no puede decirse que “surgió de repente”. La información estaba ahí. El futuro del cuidado de las heridas no gira en torno a acumular datos, sino a aceptar que los datos generan responsabilidad. No mirar deja de ser una opción ética.
Las terapias avanzadas, en este contexto, se despojan definitivamente de su carácter salvador.
El plasma rico en plaquetas es, probablemente, el ejemplo más claro de cómo una herramienta biológicamente interesante puede convertirse en un atajo cognitivo peligroso cuando se separa del contexto fisiopatológico. El PRP no es regeneración en sí mismo; es una señal. Y como toda señal, solo tiene sentido si existe un sistema capaz de recibirla, interpretarla y responder.
Desde el punto de vista molecular, el PRP aporta un conjunto heterogéneo de factores de crecimiento y citocinas —PDGF, TGF-β, VEGF, EGF, IGF-1, entre otros— cuya función fisiológica es activar cascadas proliferativas, angiogénicas y de remodelado. Pero estas cascadas no ocurren en el vacío. Requieren oxígeno, sustrato, control inflamatorio y un microambiente no degradativo. Cuando estas condiciones no se cumplen, el PRP no “falla”: actúa correctamente en un sistema incapaz de responder.
El primer límite real del PRP es la inflamación sistémica activa. En presencia de PCR elevada persistente, NLR alto o IL-6 aumentada, el organismo está en modo defensivo. Las vías catabólicas están activadas, la señalización anabólica está inhibida y la matriz extracelular se degrada de forma preferente. Introducir factores de crecimiento en este contexto es biológicamente contradictorio: se estimula proliferación en un entorno que la bloquea activamente. El resultado no es regeneración, sino frustración terapéutica.
El segundo límite es la perfusión y la oxigenación. El PRP no crea vasos funcionales de la nada; potencia procesos existentes. En territorios isquémicos no revascularizados, con TcPO₂ bajos o perfusión críticamente comprometida, la señal angiogénica no se traduce en vasos eficaces. Sin flujo, no hay entrega de oxígeno ni de sustrato, y la proliferación celular inducida por el PRP queda abortada. Aplicar PRP sin haber resuelto —o al menos delimitado— el problema vascular es convertir una herramienta biológica en un gesto simbólico.
El tercer límite es el microambiente local. Un entorno con MMP elevadas, desequilibrio MMP/TIMP, proteasas persistentes o pH alcalino sostenido es un entorno que destruye señal. Las proteínas y factores de crecimiento aportados por el PRP se degradan rápidamente, antes de ejercer su efecto. En estas condiciones, el PRP no solo es ineficaz: puede reforzar la falsa percepción de que se está “haciendo algo avanzado” mientras la biología sigue bloqueada.
El cuarto límite —menos mencionado, pero crucial— es el estado anabólico sistémico. El PRP puede aportar IGF-1 localmente, pero no puede compensar un IGF-1 sistémico bajo, una albúmina deprimida o un organismo en catabolismo. La señal local no sustituye la incapacidad global de síntesis. Aquí el futuro del cuidado de las heridas obliga a asumir algo incómodo: no toda herida es candidata a terapias regenerativas, y decirlo no es nihilismo, es rigor.
Esto no significa que el PRP no tenga lugar. Lo tiene, pero en el momento correcto. En heridas donde la inflamación está razonablemente controlada, la perfusión es suficiente, el transporte de oxígeno es eficaz y el microambiente ha sido modulado, el PRP puede actuar como desbloqueador de fases proliferativas estancadas. No como rescate tardío, sino como intervención situada en una biología aún receptiva. El futuro del PRP no es su expansión indiscriminada, sino su restricción inteligente.
El problema no es el PRP. El problema es haberlo convertido en un símbolo de “medicina avanzada” en lugar de tratarlo como lo que es: una herramienta dependiente del contexto. El futuro no va a eliminar el PRP, pero sí va a desnudar su uso acrítico. Y eso, para muchos, será profundamente incómodo.
La oxigenoterapia merece una ampliación específica porque representa, quizá mejor que ninguna otra intervención, el punto exacto donde el futuro del cuidado de las heridas separa el criterio del automatismo. Durante años, el oxígeno se ha tratado como un bien universal: si algo no cicatriza, añadamos oxígeno. Sin embargo, el oxígeno no es un fertilizante neutro, es un reactivo metabólico potente cuya utilidad depende de contexto, transporte y capacidad de uso celular. El futuro del cuidado de las heridas no va a tolerar su uso sin estas tres condiciones claramente evaluadas.
La primera condición es la entrega real de oxígeno al tejido, no su mera administración. Aquí la perfusión es determinante. En ausencia de flujo sanguíneo suficiente, el oxígeno —por vía sistémica o hiperbárica— no llega al compartimento donde se necesita. Es en este punto donde herramientas como TcPO₂, toe pressure o SPP dejan de ser pruebas “complementarias” y pasan a ser criterios de seguridad y de sentido clínico. Administrar oxígeno en un territorio con perfusión críticamente comprometida no es solo ineficaz: puede generar una falsa sensación de intervención mientras el tejido sigue en hipoxia funcional.
La segunda condición es el transporte efectivo del oxígeno, y aquí reaparece el eje de la anemia funcional. La oxigenoterapia fracasa sistemáticamente cuando el transporte está limitado por hemoglobina insuficiente o por hierro secuestrado mediado por hepcidina. En estos casos, el oxígeno administrado no se traduce en aumento de disponibilidad tisular, porque el sistema de transporte está bloqueado. El futuro obliga a integrar oxigenoterapia y manejo de la anemia como partes del mismo razonamiento clínico, no como líneas paralelas que nunca se cruzan. Oxígeno sin capacidad de transporte es un gesto vacío.
La tercera condición —y la más ignorada— es la capacidad metabólica del tejido para utilizar el oxígeno. La inflamación crónica altera la función mitocondrial, incrementa el estrés oxidativo y reduce la eficiencia del metabolismo aeróbico. En este contexto, aumentar la disponibilidad de oxígeno no mejora la reparación, sino que puede incrementar la producción de especies reactivas de oxígeno, amplificando el daño celular. El futuro del cuidado de las heridas exige reconocer que no toda hipoxia es corregible con oxígeno añadido; algunas son consecuencia de una biología incapaz de usarlo.
Este punto es especialmente relevante en pacientes con enfermedad renal crónica, diabetes avanzada o estados inflamatorios persistentes, donde la disfunción mitocondrial y el estrés oxidativo forman parte del terreno. En estos pacientes, la oxigenoterapia solo tiene sentido cuando se ha demostrado que el tejido puede beneficiarse de ella: perfusión suficiente, inflamación razonablemente controlada y transporte adecuado. Fuera de ese marco, el oxígeno deja de ser terapéutico y se convierte en un factor de riesgo bioquímico.
La oxigenoterapia hiperbárica, en particular, ha sufrido las consecuencias de este malentendido. Aplicada como último recurso, cuando todo lo demás ha fracasado y el terreno biológico es claramente desfavorable, sus resultados son inevitablemente decepcionantes. El futuro no la sitúa al final del algoritmo, sino en el momento correcto, cuando aún existe capacidad de respuesta tisular. Esto implica criterios estrictos de selección, objetivos claros y evaluación continua de respuesta. No es una terapia de rescate universal; es una herramienta precisa en contextos precisos.
Además, el oxígeno no actúa de forma aislada. Su interacción con la angiogénesis, la síntesis de colágeno y la respuesta inmune es compleja y dependiente del entorno. En fases proliferativas adecuadas, el oxígeno favorece la hidroxilación del colágeno y la estabilidad de la matriz extracelular. En fases inflamatorias persistentes, puede reforzar exactamente los mecanismos que bloquean la reparación. El futuro del cuidado de las heridas obliga a situar la oxigenoterapia en el tiempo biológico correcto, no simplemente en el momento de mayor desesperación clínica.
Aquí, de nuevo, la tecnología actúa como aliada del criterio. La termografía permite identificar territorios donde el aumento de oxigenación podría tener sentido y aquellos donde sería inútil o perjudicial. La monitorización longitudinal de temperatura y perfusión ofrece una lectura dinámica que impide el uso ciego del oxígeno. El futuro no elimina la oxigenoterapia; la desmitifica, la contextualiza y la hace responsable.
En última instancia, la oxigenoterapia se convierte en un ejemplo paradigmático de lo que está ocurriendo con todo el cuidado de las heridas: pasa de ser una intervención aplicada “porque puede ayudar” a una decisión tomada porque encaja con la biología del paciente en ese momento concreto. Y ese cambio, más que tecnológico, es profundamente ético. Porque obliga a dejar de hacer cosas “por si acaso” y empezar a hacerlas solo cuando tienen sentido.
La toxina botulínica, finalmente, se integra como herramienta funcional, no regenerativa. Su lugar está en la modulación del vasoespasmo, del dolor que perpetúa vasoconstricción, de determinadas vasculitis cutáneas donde la isquemia es funcional más que estructural. Usarla sin este marco es confundir alivio sintomático con reparación tisular.
Todo esto converge en una conclusión que ya no admite matices: el cuidado de las heridas entra en una etapa donde pensar es parte del tratamiento. No pensar, no integrar, no medir, no relacionar datos deja de ser una omisión neutra y se convierte en una fuente directa de daño. El futuro no será más tecnológico por espectáculo, sino más exigente intelectualmente. Obliga a abandonar el refugio del “a mí me va bien” y a sostener cada decisión sobre biología, tiempo y coherencia.
El futuro del cuidado de las heridas no va a ser una suma de tecnologías, sino una resta de autoengaños. No será más brillante, ni más rápido, ni más espectacular. Será más exigente. Exigente con el conocimiento, con la toma de decisiones y con la responsabilidad que implica disponer de datos y no usarlos.
Durante años, el campo de las heridas pudo avanzar sin cuestionar demasiado sus fundamentos. Se añadían productos, técnicas, dispositivos, y cuando algo no funcionaba, se atribuía al paciente, a la comorbilidad o al “mal terreno”. Hoy ese argumento se agota. Porque el terreno puede medirse. Porque la inflamación puede cuantificarse. Porque la perfusión puede evaluarse. Porque la carga mecánica puede registrarse. Porque la biología deja huellas visibles para quien decide mirar.
Y cuando se puede mirar, no hacerlo es una elección.
El “a mí me va bien” deja de ser una experiencia válida cuando no se acompaña de trayectorias, tiempos y resultados reproducibles. No porque la experiencia no importe, sino porque ya no es suficiente. El futuro del cuidado de las heridas no penaliza a quien aprendió en otro contexto; interpela a quien se niega a aprender en este.
Pensar se convierte así en parte del tratamiento. Integrar datos deja de ser un lujo académico y pasa a ser una obligación clínica. Decidir cuándo no intervenir se vuelve tan importante como decidir cuándo hacerlo. Y aceptar que hay heridas que no avanzan porque el organismo no puede avanzar deja de ser un fracaso para convertirse en un acto de honestidad terapéutica.
El verdadero cambio no es tecnológico. Es ético. Porque obliga a abandonar la comodidad de hacer “algo más” y asumir la dificultad de hacer lo que tiene sentido. Y ese sentido ya no se define por costumbre, ni por intuición, ni por marketing, sino por biología.
Ese es el futuro real del cuidado de las heridas.
Y no es cómodo. Pero es inevitable.
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Si quieres, el siguiente paso puede ser aún más bestia: integrar casos clínicos ficticios como espejo, o empujar esto hacia un manifiesto explícito.