Egosiones

Lo que nadie eligió por mí

Cuando la decepción de personas a las que amas llega como un golpe o una sucesión de ellos, cuesta mucho de aceptar; por eso he tardado mucho en escribir esto porque escribirlo significa aceptarlo del todo, y duele. 

Cuesta aceptarlo de esa manera sorda y sin nombre que se instala en el pecho y no se va, que no pide permiso y no se anuncia, que simplemente está ahí cuando te levantas y cuando te acuestas y en todos los momentos en que bajas la guardia: que alguien te haga daño sin querer hacértelo no lo convierte en menos daño. 

La gente actúa pensando en lo que le viene bien. Toma sus decisiones, sigue su camino, y si tú estabas en medio, pues estabas en medio. Sin maldad. Sin que nadie se levantara por la mañana pensando en hacerte daño. Y, aun así, el resultado es el mismo. El daño no necesita intención para ser daño, igual que una herida no necesita que nadie la haya buscado para infectarse.

Yo soy de las que entienden y aguantan y que no suele montan escenas y cuando alguien dice que está mal, se lo creen, porque sé lo que es estar mal de verdad y no soy de las que lo ponen en duda. Yo siempre mantengo que nadie es quien para decidir si alguien “tiene derecho” a estar bien o mal.

Mi cuerpo lo sabía antes que yo —Damásio lleva décadas demostrando que el cuerpo registra la verdad mucho antes de que la mente se decida a verla— lo que pasa es que yo estaba demasiado ocupada dándole el beneficio de la duda a todo el mundo como para dármelo a mí misma. 

Me dijeron que era fuerte, distinta, no era como las demás. Y en vez de preguntarme para qué me lo decían, me lo creí, porque a quién no le gusta escuchar eso.  Lo que no vi entonces es que la fortaleza que me atribuían no era un reconocimiento: era una licencia. Si eres tan fuerte, lo que le duele a cualquier otra, a ti no debería dolerte. Y si te duele, es que algo falla en ti, es que no eras lo que dijiste ser, es que decepcionaste la versión de ti misma que alguien tuvo la amabilidad de fabricarte. Luego usaron mi propia enfermedad. No para cuidarme: para irse. No quiero molestarte. Bastante tienes ya. Esto no te hace bien.

Y mientras tanto hacían exactamente lo que querían hacer, con la conciencia tranquila de quien se está sacrificando por el bien ajeno. Me dejaron sin respuesta posible: si protestaba era un problema, si callaba les daba la razón. 

Ahí está la pieza más retorcida de todo el mecanismo: sabían, aunque fuera sin saberlo conscientemente, que yo no iba a rebatir ese argumento sin parecer la que exige demasiado, la que no entiende, la que antepone su necesidad a su propio bienestar. La compasión falsa es el argumento más incontestable que existe porque convierte al que se va en el generoso, y al que se queda en el que no sabe recibir un favor. 

A eso se le llama gaslighting, aunque nadie lo buscara conscientemente: cuando la realidad se va reescribiendo poco a poco, con paciencia y sin prisa, hasta que empiezas a dudar de lo que viste, de lo que escuchaste, de lo que sentiste. La puta “luz de gas” es muy cruel.

Yo, que leo en la piel de mis pacientes lo que no pueden decir con palabras, tardé demasiado en leerme a mí misma. Jonathan Shay llamó a esto daño moral: no el miedo, no la violencia, sino la traición de quien tenía responsabilidad y eligió no honrarla. 

Hay una arquitectura psicológica detrás de todo esto que no es accidental aunque tampoco sea consciente. Jennifer Freyd la describió con una precisión que incomoda: DARVO, el mecanismo por el que quien te hace daño construye inmediatamente el relato en el que tú eres el origen del problema, en el que tu dolor es en realidad tu error, en el que protestar confirma que tenían razón en no contar contigo. No hace falta que sea deliberado para que funcione. 

Albert Bandura lo llamó desvinculación moral: los mecanismos que permiten a las personas causarte daño sin dejar de considerarse buenas personas. Lo hago por tu bien no es cinismo calculado la mayoría de las veces: es la historia que alguien necesita contarse para que sus propias decisiones resulten soportables. Tú pagas el coste de su coherencia interna. Y cuando además se te niega el derecho a nombrar lo que te ocurre, Miranda Fricker pone el último nombre: injusticia epistémica. 

No solo te hacen daño: te quitan la autoridad de decir que te lo hicieron. Si lo dices eres negativa. Dramática. Alguien que no entiende lo que es mejor para ella. La trampa tiene dos salidas y las dos llevan al mismo sitio: yo tengo la culpa, he de entender tus razones para hacer lo que hiciste, no me querías hacer daño, fui yo la que se lo tomó a mal.

Mis decisiones se tomaron con la información que me dieron, que resultó ser incompleta. Así de simple. Así de poco dramático. Lo que no voy a admitir —con toda la claridad que me cabe— es que nadie se tome la libertad de elegir por mí contándose que lo hace por mi bien. Jamás. 

Ni mi enfermedad, ni mi dolor, ni la complejidad de mi vida le dan a nadie el derecho de decidir qué me conviene, qué puedo soportar, qué merece mi tiempo, todo ello en mi nombre y a mis espaldas. Yo trabajo con heridas. Llevo años mirando la piel que rodea las úlceras, ese borde que nadie miraba porque todos miraban el centro, y demostré que ese borde es lo que determina si alguien sobrevive. La frontera importa. Esta también. Mi vida se decide aquí, conmigo dentro, con toda la información sobre la mesa. No en mi ausencia, por delegación, envuelta en falsa consideración.

Y sobre todo… ese “lo digo por tu bien” que odio con toda la fuerza de mi ser… De verdad, ya me ocupo yo, si eso, de hacer bien por mí; no lo utilicéis como excusa para dejar de hacer algo conmigo o por mí, o de hacerlo, o de pensarlo… ni tampoco a decidir cuáles son mis tiempos y mis momentos, mis preferencias… prometo que soy mayor de edad y consciente de mis actos, capaz de libre albedrío.

Valgo todo. Lo digo sin vergüenza y sin que me importe sonar a autoayuda, porque he pagado demasiado para seguir siendo modesta al respecto. 

Valgo todo aunque haya gente que haya preferido su comodidad a su palabra, aunque haya promesas que hayan caducado sin que nadie se molestara en avisar. 

Frankl lo escribió desde el peor sitio en que puede estar un ser humano: la última libertad que nadie puede quitarte es la de elegir quién eres ante lo que te ocurre. Esa la tengo intacta. Las demás se negocian: esa no.

Los que se fueron contándose que era por mi bien, los que decidieron por mí sin preguntarme, los que me necesitaban exactamente hasta donde les convenía —no hay más misterio en ellos que ese, y ya no necesito encontrarlo. 

Lo que sí he aprendido, tarde y a un precio que no voy a detallar, es que la única persona con derecho a elegir por mí soy yo. No como gran declaración, como hecho. Mi vida, mis límites, mi tiempo. Aquí, conmigo dentro, con toda la información sobre la mesa.

Ah, y me llamaron negativa. A mí. Como argumento, como diagnóstico, como la etiqueta que lo cierra todo sin tener que revisar nada más. A la reina de la resiliencia, negativa. Probablemente no lean esto, claro. Porque soy negativa. La coherencia del argumento es, hay que reconocerlo, impecable.

Vivir es urgente. Y se vive una sola vez. Hacerlo a medias para no acumular daño es el peor negocio posible: pagas el precio entero de existir sin cobrar nunca el beneficio de haber estado aquí del todo.