Siempre soñé con ser una chica fácil. No en el sentido que seguramente acabas de pensar —aunque si lo has pensado, no te culpo, el título lo pedía— sino en el otro: en el sentido luminoso, despreocupado, casi ofensivamente saludable de la palabra. Una chica que va al médico cada dos años por una revisión rutinaria, escucha que todo está perfecto, y sale a la calle sin saber exactamente qué es un fibrinógeno ni tener ninguna razón para averiguarlo. Una chica con una analítica tan aburrida que el hematólogo bosteza mientras la lee y piensa en lo que va a comer. Una chica cuya relación con la sanidad pública se limita a renovar la tarjeta sanitaria cada equis años y perderla al día siguiente. Eso. Eso quería ser yo. Qué sencillo habría sido.
Soñé con diagnósticos fáciles. Del tipo «es una contractura, tómate un ibuprofeno y descansa, que te estás agobiando». No del tipo «es una condición congénita ultrarara que afecta a poquísimas personas en el mundo entero, enhorabuena, ha ganado usted un viaje sin retorno al club más exclusivo al que nadie en su sano juicio querría pertenecer».

Soñé con ir a urgencias por algo que se cure con agua, paracetamol y una noche de sueño, no con viales de proteína plasmática, cadena de frío y el número de guardia del hematólogo grabado en la memoria con la misma naturalidad con la que otras personas tienen grabado el de su madre. Soñé, en definitiva, con ser el tipo de paciente que entra en consulta, dice tres frases, recibe una receta y se va. Sin dramatismo. Sin expediente. Sin que nadie sienta la necesidad de avisar a un compañero.
Soñé también, ya que estamos, con ser uno de esos seres superiores que contemplan la enfermedad desde la distancia olímpica de quien nunca la ha necesitado de cerca. Ya sabes: guapa, espantosamente lista, con una melena que obedece y una tolerancia cero hacia lo que ella llamaría —con ese tono suave pero lapidario que tienen las personas que nunca han pisado una sala de espera de verdad— «energía negativa». De las que ante cualquier diagnóstico incómodo arquean una ceja perfectamente perfilada y sugieren que quizás el problema es la actitud, que el cuerpo escucha lo que piensas, que ella personalmente nunca enferma porque se lo propone. De las que han leído en algún sitio que la enfermedad es una metáfora y se lo han tomado al pie de la letra en el peor sentido posible.
De las que verían el realismo clínico —ese que yo practico con la devoción silenciosa de quien sabe exactamente lo que puede pasar si no lo practica— como un síntoma de depresión apenas disimulada, como una forma de rendirse, como una vibración baja con bata sanitaria. Eso quería ser.
Quería ser tan guapa y tan equivocada y tan perfectamente ignorante del cuerpo humano que pudiera permitirme el lujo de despreciar la debilidad ajena sin que me temblara un solo músculo de la cara. En lugar de eso, soy enfermera. Llevo la compasión incrustada en algún sitio entre el esternón y la costumbre, no puedo ver sufrir a nadie sin que algo en mí se reorganice automáticamente hacia ese sufrimiento, y encima sé con demasiada precisión anatómica exactamente lo que le está pasando. Es una combinación poco compatible con el desprecio elegante. Lo he intentado. No funciona.
Soñé con tener una relación normal con mi propio cuerpo. Una de esas relaciones maduras y respetuosas que recomiendan en los libros de autoayuda: cada uno en su espacio, comunicación fluida, ausencia total de sorpresas desagradables un martes por la tarde. Una convivencia doméstica sin cláusulas en letra pequeña. Soñé con que la palabra fibrinógeno me resultara tan remota y tan poco urgente como la taxonomía de los moluscos bivalvos, con que aprender bioquímica de la coagulación fuera, para mí, una opción y no básicamente un requisito de supervivencia. Soñé con no saber lo que sé. Que puede parecer poca ambición, pero cuando lo que sabes lo aprendiste porque antes lo necesitaste, no saber tiene un atractivo difícil de explicar a quien nunca lo ha necesitado.
Soñé con que mi cuerpo fuera predecible. Con poder planificar un fin de semana sin el cálculo silencioso y automático que se activa solo, como un programa en segundo plano que nadie instaló conscientemente pero que ya no se puede desinstalar: evaluando variables, midiendo riesgos, ajustando márgenes, consultando mentalmente protocolos que a estas alturas ya están tan interiorizados que ya no sé si los pienso o simplemente los soy. Con que un golpe fuera solo un golpe y no el inicio de una secuencia de decisiones clínicas con derivaciones potenciales. Con sangrar de manera socialmente convencional, con los tiempos y las cantidades que el común de los mortales considera un detalle menor de la biología humana, sin que eso convocara absolutamente nada más. Soñé, en resumen, con que mi cuerpo no fuera un texto de medicina interna con patas, Mr. Harrison, y voluntad propia.
Soñé con ser el tipo de paciente que los médicos atienden sin ponerse rectos en la silla. Sin ese microsegundo de pausa que precede a la frase «a ver, cuénteme», pronunciada con esa entonación específica que no está en ningún manual de comunicación clínica pero que todos los que llevamos años al otro lado de la consulta reconocemos perfectamente: la entonación que significa esto va a ser interesante y no precisamente en el buen sentido. He aprendido a reconocer la secuencia con una precisión que ya empieza a resultarme casi entretenida: primero los ojos que se detienen un segundo de más en la pantalla, luego el carraspeo, luego la pregunta formulada con esa delicadeza clínica que en realidad es asombro con bata blanca intentando disimular.

He tenido médicos que me han buscado en Google mientras yo estaba sentada delante de ellos, en tiempo real, sin ningún disimulo especial. Y lo entiendo, de verdad que lo entiendo, porque si yo no fuera yo y me encontrara con mi caso encima de la mesa lo primero que haría sería también buscar.
El problema es que cuando llevas años siendo el caso que se busca, te entra una nostalgia genuina de ser el caso que se resuelve en tres minutos y se archiva sin mayor ceremonia ni conversación posterior en el pasillo. Soñé con ser archivable. Con pasar por el sistema sanitario sin generar interés académico involuntario. Con no ser, en ningún momento de mi vida médica, una anécdota que alguien cuente en un congreso.
Soñé con no tener que explicarme. Ese es quizá el sueño más recurrente y el más radicalmente inalcanzable: no tener que traducir lo que me pasa a un idioma comprensible para personas cuya relación con la hematología es puramente teórica. Porque una condición rara tiene esa cualidad absolutamente peculiar de convertirte, sin haberlo solicitado ni firmado nada al respecto, en tu propia divulgadora científica en cualquier contexto social imaginable. Cenas, reuniones de trabajo, salas de espera, primeras citas, bodas, bautizos y algún que otro funeral.
En algún momento de la conversación el tema emerge, y entonces eliges: o simplificas hasta el punto en que lo que dices ya no es exactamente verdad pero al menos nadie se angustia, o explicas con la precisión que el asunto merece y observas cómo tu interlocutor transita en tiempo real entre la fascinación, la incomodidad y el arrepentimiento de haber preguntado. No hay término medio elegante. Lo he buscado durante años con una dedicación que francamente podría haber invertido en otra cosa.
Y soñé también con relaciones fáciles, con vínculos sin capas ni subtexto, con esa tendencia mía tan poco práctica de leer entre líneas lo que nadie escribió y lo que sí escribieron pero preferirían que no hubiera entendido tan rápido. Quería ser de las que dicen «qué bien me lo pasé» sin someter después esa afirmación a un análisis exhaustivo en soledad antes de dormir. Quería, vamos, no ser tan intensa. Que conste que lo he intentado con una constancia admirable. Ha sido un fracaso absoluto, documentado y sin posibilidad de apelación. Ahora, sin embargo pienso, líbreme el Señor de ser tibia o fría.
Y soñé, sobre todo, con no saber tantas cosas. Con tener una vida tan fácil y tan felizmente sin aristas que jamás hubiera necesitado aprender nada verdaderamente complicado. Que nadie me hubiera obligado —por pura supervivencia o por pura curiosidad voraz, que en mi caso son prácticamente el mismo impulso con distinto nombre— a entender cómo funciona la coagulación, o el eje intestino-piel, o los mecanismos del dolor crónico, o por qué algunas heridas no cicatrizan, aunque el paciente haga todo lo correcto y el médico también. Soñé con ser una persona sin bibliografía propia. Con que mi nombre no apareciera en ninguna frase que empezara por «tenemos una paciente que…»
El problema es que resulta que soy una friki. No una friki de circunstancias ni por accidente ni por falta de alternativas, sino una friki congénita, de fábrica, con garantía de origen y sin posibilidad de devolución. Me apasiona saber. Me apasiona entender. Me apasiona ese momento exacto en que algo confuso se vuelve nítido y encaja con una satisfacción que pocas cosas alcanzan.
Y aunque durante años fantaseé con la versión fácil de mí misma —esa que no tiene tiempo de leer revisiones sistemáticas un domingo por la tarde porque está ocupada siendo ligera (tomen esto como quieran, a mí plim) y sin complicaciones, la verdad incómoda es que esa mujer me habría aburrido profundamente en menos de veinte minutos. Probablemente también a ella le habría aburrido yo, así que al menos habríamos quedado en paz.

Así que aquí estoy. Con mi salud complicada, mis diagnósticos impronunciables, mis relaciones con demasiada profundidad de campo y una cabeza que no sabe estar vacía porque en cuanto le das un momento libre se pone a conectar conceptos como si le fuera algo en ello, que de hecho a veces le va. No soy fácil. Nunca lo he sido. Y me ha costado bastante tiempo —más del que me gustaría admitir en voz alta— dejar de disculparme por eso ante personas que tampoco me lo habían pedido explícitamente.
La chica fácil que soñé fue, al final, solo eso: un sueño. Y los sueños, ya se sabe, son lo que el cerebro fabrica cuando no tiene suficientes problemas reales con los que entretenerse. El mío nunca ha tenido ese problema.