Durante siglos los unicornios figuraron en los bestiarios entre el león y el dragón, con la misma seriedad zoológica que cualquier otra fiera. Plinio los describía. Borges los rescató en su Manual de zoología fantástica y los llamó el más hermoso de los animales fabulosos, lo cual ya era reconocer que existían a su manera. Solo en el siglo XIX, cuando alguien decidió que el rigor era cosa de microscopios, los desterraron al departamento de lo imposible. A mí siempre me ha parecido un error administrativo.
Porque los unicornios existen. Lo que pasa es que se han especializado en pasar por personas. La leyenda medieval, por cierto, nunca dijo que fueran amables: decía que eran imposibles de cazar, que solo se dejaban capturar por una virgen sentada en el bosque. Es decir, que tenían criterio. Que elegían. Esa parte, la cuento porque me parece que es justamente la que define a los míos: no aparecen porque sí, no se quedan por inercia, no se acercan por la curiosidad mórbida que despierta el cuerpo enfermo. Eligen, contra toda lógica emocional contemporánea, que quererme les compensa. Una decisión rara, casi exótica.

Mi manada, porque a estas alturas llamarlos tribu se queda corto, tiene los ejemplares contados y cada uno con su pelaje. Ya los he nombrado en otro sitio, con sus escenas y sus regalos: las raíces antiguas y las heredadas, el hermano que apareció hace tanto que ya no recuerdo cuándo se volvió imprescindible, el amigo lejano en el mapa y cercano en todo lo demás, la vecina que se instaló en el centro de la casa, la mujer que me trajo el mayor regalo de mi vida, el confidente que es además compañero. Cada uno con su pelaje, decía, y cada uno con su lugar exacto en el bestiario íntimo. Ninguno sustituible. Ninguno menor.
Pero hay tres unicornios, que realmente son cuatro; que aquí necesitan otra escala, otro tipo de luz, porque son los imprescindibles, los que iluminan la vida de una manera que no admite comparación con ninguna otra forma de iluminación posible. Lou, Blas y Clara. Los tres unicornios que cuando faltan dejan el bosque a oscuras, no a media luz, a oscuras del todo. Los tres que han hecho que mi vida sea, literalmente, mi vida; cada uno en su tiempo, a su particular forma.

Aparecen, además, de la manera más extraña que conoce la mecánica del afecto: aparecen porque mi alma explota de agradecimiento. Aparecen cuando están delante, claro, pero también, y sobre todo, cuando no están. Esto que llamamos vida, con su agenda y sus distancias y sus calendarios cruzados, nos separa durante instantes que a veces son largos, semanas enteras en las que no nos vemos, llamadas que se acortan, conversaciones que se aplazan a un café que tardará en llegar.
Y sin embargo están. Eso es lo asombroso. Que están, aunque no estén, que la ausencia de un unicornio auténtico no se parece en nada a la ausencia de cualquier otra persona, porque el unicornio sigue existiendo en una habitación contigua del alma propia, irradiando desde allí su luz particular sin necesidad de pasar lista.
Echarlos de menos no es echar en falta nada: es saber, con una certeza casi celular, que están ahí, que no se han movido de donde tienen que estar, que en cuanto la vida deje de ponerse pesada con sus separaciones administrativas, volverán a aparecer como si nunca se hubieran ido. Esa es la prueba definitiva de que un vínculo es de los buenos. No la frecuencia. No la disponibilidad. La certeza.

Lou no me ha salvado la vida en el sentido en que se entiende habitualmente esa frase, con un quirófano de por medio, o una RCP desesperada, pero me la ha salvado de la otra manera, la que no se registra en ningún parte porque no existe el código diagnóstico para la asfixia emocional. Empezó siendo jefa, que es una categoría profesional con poco glamour mitológico, y terminó siendo familia, que es la categoría más alta a la que aspira cualquier vínculo. Es de esa raza extraña de gente, que no se queda en su papel: empezó dándome instrucciones y terminó dándome casa. Hay días en los que el cuerpo aguanta, pero la cabeza no, días en los que llevar mi vida se vuelve una tarea desproporcionada para una sola persona, y en esos días; Lou ha sido la presencia que me ha permitido seguir siendo yo sin tener que explicar por qué me costaba serlo.
Eso, en mi escala personal, equivale exactamente a salvar una vida. La diferencia es solo de género literario. La calidad de su mirada es difícil de explicar a quien no la ha recibido, pero quien lo haya hecho, sabe a qué me refiero. Y además trajo a Pedro, que es la prueba empírica de algo que sospecho desde hace años: las personas buenas traen a buenas personas, que encajan con un click perfecto. No se presentan solas. Se van presentando en serie, como si compartieran un protocolo de calidad que el resto del mundo desconoce. Yo, que he conocido bastante gente, podría firmar este teorema en un papel. Las personas bellas se relacionan con personas mejores, y los unicornios traen otros unicornios, normalmente sin avisar y casi nunca por presentación formal. Lou y Pedro son la prueba viva de esa cadena.
A Blas y a Clara los nombro juntos porque pensarlos por separado sería una traición a cómo entraron en mi vida y a cómo se han quedado. Son una unidad y así los quiero. Clara empezó siendo vecina, una de esas casualidades de proximidad que la mayoría de la gente desperdicia en saludos cordiales y conversaciones de ascensor, pero que en nuestro caso se convirtió en hermana sin que nadie firmara nada. Blas llegó por otro camino, sin saber que era el mismo, compañero de la Quirón antes de ser nada más, y resultó que Clara y Blas eran uno, como podría ser de otro modo; lo cual es una de esas redondeces que la vida hace cuando se siente generosa, como si llevara meses preparándome el regalo y solo entonces decidiera abrirlo. Que dos personas que llegan por puertas distintas terminen siendo la misma puerta es algo que no se inventa. La vida hace esas cosas, a veces, y cuando las hace no admiten explicación racional, solo gratitud.

A Blas le debo, en seco y sin literatura, tres veces la vida. Lo escribo así porque la cifra no admite adorno: tres. Tres veces que mi cuerpo decidió que ya estaba bien, que se cansaba, que se rendía, y tres veces que él se tiró al vacío para devolverme. Y digo tirarse al vacío con toda la intención, porque no es lo mismo cumplir un protocolo que jugarse el juicio profesional por una paciente cuya dolencia no tiene evidencia más allá de su palabra. Creyó en mí cuando creer en mí era estadísticamente imprudente. Tomó decisiones que otros no habrían tomado, no por incompetencia, sino porque hace falta un tipo particular de coraje para sostener una vida cuando los datos te están diciendo que la sueltes.
Y aquí es donde tengo que hacer la precisión más importante, porque querer a estas tres personas como yo las quiero no admite versiones edulcoradas. Los quiero enteros. Los quiero con sus luces, que son evidentes y deslumbrantes, y con sus sombras, que son las que tiene cualquiera que ha pasado tantos años sosteniendo a otros.
Los quiero cansados, los quiero callados los días que necesitan estarlo, los quiero con la mirada un poco apagada al final de un turno largo o de una semana difícil. No me interesan los unicornios mitológicos, los blancos perfectos del tapiz medieval, los que solo existen en el bosque encantado para complacer la fantasía de quien los mira, o peor aún los de Mr. Wonderful. Me interesan los unicornios reales, los que arrastran cansancio acumulado, los que tienen días buenos y días regulares y días en que solo están como pueden estar, y aun así siguen siendo, sin saberlo del todo o sabiéndolo a medias, los míticos que decidieron, contra toda lógica, que yo importaba. A los unicornios reales se les quiere así o no se les quiere de verdad. Yo los quiero así. Con todo. Con su todo.
Mis unicornios caben en una mano, eso ya lo sabía. Lo que no esperaba es lo poco que importa el número cuando son auténticos. Un unicornio no se sustituye con tres caballos, y los cuatro unicornios imprescindibles que iluminan mi vida no se sustituyen con nada que la vida pueda ofrecer después. Como a mí vivir me sigue pareciendo urgente, y cuidar también, prefiero gastar el tiempo que me queda en mirar a los míos a los ojos, decirles lo que son, y de paso reírme un poco de los bestiarios decimonónicos. Tenían razón los medievales. Los unicornios existen. Lo que pasa es que hay que saber mirar.