Ser una misma es difícil, y conviene decirlo sin el tono de queja con que suele decirse, porque no es una desgracia ni una herida abierta sino una constatación tan banal como incómoda: ser una misma cuesta, y solo resulta posible —entera, sin recortes, sin esa versión presentable que uno aprende pronto a sacar a pasear como se saca al perro, con correa y a horas prudentes— ante un puñado muy escaso de personas.
El resto del tiempo se transige; se lima una opinión que sobra, se baja el volumen de un entusiasmo que incomoda; se traga una verdad que no toca, se ensaya la sonrisa que el momento pide, y a esa contabilidad menuda y constante, a esa sangría de pequeñas abdicaciones que practicamos casi sin darnos cuenta, la llamamos con nombres respetables —convivencia, educación, prudencia, saber estar— cuando muchas veces no es sino una forma elegante del miedo: miedo a que nos vean del todo, a que el otro descubra que detrás del personaje administrado hay una persona con aristas que no caben en su idea de lo correcto.
No es casualidad que la palabra «persona» nombrara en latín la máscara del actor, esa pieza de madera o de cera tras la que se ocultaba el rostro y por cuyo hueco —según la etimología más repetida, per sonare, sonar a través— salía amplificada la voz hacia el público.

Llevamos siglos llamándonos a nosotros mismos por el nombre de la careta, y quizá por eso nos cueste tanto distinguir entre el papel que representamos y lo que somos cuando el teatro cierra y se apagan las luces.
A mí me interesa más otra palabra, «individuo», que significa literalmente lo que no se puede dividir, lo indiviso; y ahí está, me parece, el quid de la cuestión, porque ser una misma de verdad es negarse a ser dividida en porciones presentables, repartida en versiones cómodas según el interlocutor que toque, y casi toda relación humana pide precisamente eso, una porción y no el conjunto, un fragmento manejable y no la persona indivisa con todas sus contradicciones a cuestas. Quien te quiere por una porción no te quiere a ti: quiere su recorte de ti, la idea de ti que más le acomoda.
Yo sé esto con una literalidad que no elegí. Me gano la vida inclinada sobre cuerpos ajenos que se deterioran, curando heridas que otros no quieren mirar, leyendo en la piel —el órgano más extenso y franco que tenemos, el único incapaz de mentir— la biografía entera de quien la habita: el sol de hace cuarenta veranos, las noches sin dormir, el abandono, la caricia que llegó tarde.
Pero también soy uno de esos cuerpos. Tengo una sangre que no sabe coagular, una afibrinogenemia de manual, de esas rarezas que los estudiantes subrayan en un tema y no vuelven a encontrar jamás en una cama de verdad; nazco sin la proteína que le enseña a la sangre a cerrarse, de manera que mi cuerpo no sabe ponerle término a una herida por sí solo, no sabe correr la cortina. Y por si la ironía resultara escasa, esa misma sangre que no coagula cuando debe se obstina en coagular cuando no debe, y trombosa, y se atasca, y cierra por dentro lo que deja abierto por fuera, condenándome a una contradicción sin tregua. Esa contradicción se ha cobrado lo suyo: un trocillo menos de intestino, del que me acuerdo a diario, porque me devolvió la vida, y unos deditos que se fueron, así, en diminutivo, arriesgando mi equilibrio. Conozco el deterioro desde los dos lados de la cama, y eso no me ha hecho más sabia, solo menos paciente con la ficción.
Lo cuento porque un cuerpo así no deja sitio para el disimulo: la enfermedad, cuando es tuya y de las que se quedan, hace lo que ninguna lección de moral consigue, que es disolver la máscara sin pedir permiso, arrancarte el personaje de un tirón y devolverte a lo que eres sin maquillaje, y entonces, por fin, en ese desnudo que nadie elige, se hace el inventario verdadero de la gente que te rodea.

Están los que no soportan tus aristas y te lo hacen saber con el silencio espeso o con el reproche disfrazado de consejo; están los que te compadecen sin haberse molestado en entenderte, que es la indiferencia con buenos modales; están los que te exigen, con una insistencia que se cree generosa, que seas como ellos, más ligera, más positiva, menos intensa, como si la diferencia fuera una falta de educación que se corrige con paciencia y buena voluntad; y están, raros y por eso impagables, los que sencillamente te dejan ser, con tus complicaciones y tus ausencias intactas, sin proponerse arreglarte, los unicornios que son un sueño en la Tierra; caben en una mano, y en mi caso a veces sobran dedos, ironía anatómica que tiene para mí un sentido más literal del que quisiera.
Y sería mentir, contar todo esto como si yo fuera solo la víctima de un mundo incapaz de quererme. Soy difícil, y lo sé. Soy de las que no redondean sus cantos para que la convivencia ruede mejor, de las que prefieren la frase exacta a la frase amable cuando hay que elegir entre las dos, de las que exigen a los demás la misma intransigencia que se exigen a sí mismas, lo cual no es precisamente una invitación al afecto fácil.
No ofrezco una versión descafeinada de mí para que el trato resulte cómodo, y entiendo que eso tiene un precio y que soy yo quien lo deja sobre el mostrador. Por eso los pocos que se quedan no son santos ni héroes de la paciencia; son, sencillamente, personas a las que mi manera de ser entera, y yo misma; no les da miedo, que es lo más raro y lo más valioso que he encontrado nunca. La intimidad verdadera, he llegado a pensar, no consiste en ser amada a pesar de lo que una es —fórmula condescendiente donde las haya— sino en ser conocida hasta el fondo y no ser corregida por ello.
Al mismo tiempo, cuando yo soy yo, y no la máscara que otros quieren que sea; amo a esas personas con toda la fuerza de mi ser, y… créanme, tengo mucha fuerza para amar la vida, y a esas personas impagables que la fortuna ha traído a mi vida. A los unicornios hay que amarlos con toda la generosidad que sea capaz de desarrollar.
Hablo de esto porque vengo de cinco días, cuatro en realidad; con amigos nuevos, y de veras, unos como familia, otros como descubrimientos que te traen los primeros para iluminar tus días. Puestas de sol, buena comida y muchas risas, pero también silencios cómodos y momentos impagables, por mucho dinero que se pueda tener. Doy gracias a los anfitriones por querer formar parte de mi vida, y dejarme entrar por la puerta grande; sin dejar de señalar que cada momento fue más dorado y mágico porque ellos estaban conmigo, dos de mis unicornios impagables y su hijo, que es… mágico en su ternura y sus ojos profundos. Doy gracias al destino, a su generosidad, y a tantos momentos mágicos que me regalan.
Todo momento con los Impagables, es como música, como escribir y regalar mi alma
Escribir de verdad —no redactar, oficio higiénico y a resguardo— consiste en quedarse sin coartada, en salir a la intemperie de cualquiera que sepa leer entre líneas. Yo escribo lo contrario: escribo precisamente para que se note de qué estoy hecha, aunque eso signifique que cada palabra que dejo aquí se lleva consigo su porción de alma, y la mía, ya se ve, no se lleva ninguna sin desangrarse un poco.
Me leen muchos y me entienden poquísimos, y hace tiempo que dejé de pelearme con esa aritmética porque es la misma de la vida entera: la lectura, como el cariño, se reparte ancha y se entiende estrecha. Con esos poquísimos que me leen sin pedirme que me explique, que entran en mi sintaxis densa como quien entra en una casa conocida y no preguntan por qué no he dejado las cosas más fáciles, es con quienes de verdad existo.

Ese es el privilegio que quería celebrar, y lo llamo privilegio sin rebajarlo a Mr. Wonderful porque sé lo que cuesta y lo poco que abunda: no el de gustar a muchos, que es vanidad barata y se evapora, sino el de poder ser una misma, esta, la que sangra y se obstruye y va dejando trozos por el camino, ante los pocos que no necesitan que me recorte ni que me complete. Ser una misma es difícil y casi siempre solitario; pero con esos pocos deja de serlo, y eso, que visto desde fuera parece tan poca cosa, un puñado de gente que no se asusta, es en realidad lo único que termina importando.
Vivir es urgente.