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Maribel Pastor

EGO O EGOISMO O…

Egoísmo viene de ego, que no es más que “yo”. Todo lo demás —la mala fama, el pecadillo burgués, la mueca de reproche con que se pronuncia— se lo hemos ido cosiendo encima con los siglos, hasta lograr que ponerse una en el centro suene a delito menorConviene descoserlo antes de aceptar la palabra como condena, porque poner el yo primero no dice todavía absolutamente nada; la única pregunta que decide algo es a costa de quién se pone. 

Egoísta es quien se sirve de lo ajeno para su provecho y no devuelve nada; no quien administra lo suyo con la contabilidad estricta de quien sabe que le falta. La diferencia cabe en una preposición, y quien no la ve es porque no ha mirado.

Yo aprendí lo que vale una gota de la manera en que se aprenden las cosas de verdad, perdiéndolas. Mi cuerpo no retiene: lo que otros conservan sin pensarlo, a mí se me escapa, y he tenido que hacerme experta en no derramar lo que no me sobra. 

De ahí viene mi avaricia con la energía: reparto cada reserva sabiendo que no se rellena sola, que no hay grifo detrás, que lo que gasto de más hoy me falta mañana sin remedio. 

Digo que no a planes que deseo por largo tiempo, que me muero de ganas por hacer, a veces el mismo día, con la decisión ya tomada, y la maleta abierta; porque una cosa es no querer y otra bien distinta no poder, y entre las dos media un abismo que solo cruza descalzo quien lo ha pisado. 

Al que le sobra de todo eso -salud, agua, energía- le suena a capricho, porque no concibe más que el que el mismo elige; no imagina el que se impone desde dentro, sin consultarte. Porque mi mente idea, sin parar, se ilusiona y planea; inquieta y ambiciosa; luego no tengo más que obedecer a un cuerpo que se erige vencedor en muchas de las batallas.

Me divierte, y lo digo sin ironía piadosa, el examen imposible al que me somete el que nunca ha estado enfermo, o que sencillamente, no se acuerda cuando sana. 

Si descanso, me consiento, soy floja. Si sigo en pie y produciendo, entonces no debía de estar tan mal, exageraba. 

No hay respuesta que apruebe ese tribunal, y no la hay porque no busca la verdad: busca confirmar la sentencia que ya trae escrita, que mi límite es sospechoso y mi cansancio opinable. Es un juez que dicta antes de oír, y a esos no se les rebate, se les deja hacer como a un niño en su rabieta.

Porque el que juzga desde la salud que le sobra tiene siempre la misma avería: confunde su abundancia con virtud. 

Cree que reparte porque es generoso, cuando reparte sencillamente porque le sobra, que es mérito del azar y no suyo. 

Es fácil ser espléndido con el depósito lleno; a ver cuánto le dura la largueza el día que tuviera que medir cada trago como lo mido yo. Ponlo a contar lo que a mí me toca contar, oblígalo a elegir entre estar en pie mañana o gastarse hoy entero, y se le acaba la superioridad moral en una tarde. 

La templanza del sano es baratísima: no ha costado nada, no prueba nada, y aun así se pasea dando lecciones a los que pagamos por cada sí que decimos. La templanza de los que niegan su enfermedad, es poco costosa porque la esconde; pero hay cicatrices que son imposibles de esconder.

Priorizarse no es amurallarse contra el mundo, por mucho que les convenga leerlo así. 

Es ordenarlo: delante la salud y los míos, y todo lo demás aguardando su turno, sin la hipocresía de fingir que ha dejado de importarme lo que aplazo. Ordenar no es cancelar. 

Pero quien llama egoísmo a esa jerarquía necesita que sea cancelación, porque una mujer que ordena sus prioridades y las defiende sin pedir permiso le resulta mucho más incómoda que una que se disculpa. La disculpa lo tranquiliza; el límite firme lo desarma. Y prefiero desarmarlo. Porque ya me harté de defenderme del imponderable y de llevar mi cuerpo al límite para cubrir expectativas que no son propias.

Durante años me robó el sueño la pregunta de si no sería egoísta por cuidarme, y me la hacía ante un jurado que solo existía dentro de mi cabeza, pero sentenciaba sin clemencia. 

Hasta que caí en la cuenta más simple: el egoísta de verdad jamás se formula esa pregunta, no pierde un minuto interrogándose, duerme de un tirón. Que a mí me desvelara era la prueba misma de que no lo era, y a la vez la única cadena real, porque el cuerpo me ataba ya bastante pero era la culpa la que me ataba entera. La culpa es mala consejera y peor carcelera: no informa de nada útil cuando lo único que has hecho es negarte a desaparecer.

Así que ya no pido perdón. Ni por decir basta cuando el cuerpo lo decide, que avisa a su antojo y no cuando conviene al calendario de nadie, ni por seguir trabajando cuando puedo, que es mi forma terca de no entregarme entera. Porque a mí por extraño que pueda parecer, es trabajar lo que me da la vida.

Cuidarse no le roba nada a nadie: no hay víctima en mi descanso ni saqueo en mi negativa. 

Que me llamen egoísta cuantas veces les alivie el juicio, que a estas alturas lo llevo como una medalla mal grabada. Yo, que sé lo que cuesta cada gota porque las he perdido de una en una, lo llamo sin rebajar una coma haber aprendido por fin a no deberle mi cuerpo a nadie. 

Lo más curioso que veo es que cuando mi cuerpo se queda sin gasolina y sin agua en el radiador; cuando paso más tiempo en un baño que en la silla, simplemente lo digo: no puedo. He aprendido a amarme y a poner límites; respeto el espacio del otro, pero pido que respeten el mío sin juzgar.

Lo que me ha costado más aceptar es que la vida sigue cuando yo me paro. Que hacen y ponen en marcha planes dejándome atrás porque quizá, no encajo en ellos, por el motivo que sea, pero por algo misterioso, no me puedo quejar cuando esto ocurre, porque tienen sus razones, sin más explicación, ni disculpa o pretexto. Porque es la vida. Pero pasa que cuando soy yo la que pone límites, he de medir cuanto de enferma estoy para no ser juzgada.

Sueros, vías y suspiros, autocuidados que me rompen en pedazo los planes, pero que he aprendido a respetar, porque… no hay más cera que la que arde; porque la lucha no cesa. Litros y litros de líquido… gasolina para vivir; dolor que cesó para quien sabe cuánto. Todo está bien. 

Lo que me duele es guardar distancia con aquellos a los que amo, porque están malos, porque quizá tengan algún tipo de problema, cuya solución requiere de espacio y tiempo; porque hay cosas que requieren de reset en soledad, o en el grupo familiar; me duele quizá no poder ayudar de cerca, ayudar a llevar el peso; pero se, que sin duda, saben que estoy ahí, y hay veces que en esos malos momentos, has de acudir cuando se te llama, ni antes ni después.

Amo a mis personas, amo a mi familia, amo a aquellos que me quieren y me respetan, porque principalmente he aprendido a decir no cuando las circunstancias no acompañen. Las mías, no otras.

Egoísta, quizá, reafirmada también. Aquí estaré cuando necesiten algo de verdad. Rauda para correr a sus brazos.