
Nadie confiesa llevar la cuenta, y sin embargo la llevamos casi todos, con una pulcritud que ya quisiera para sí la Agencia Tributaria, que tantos disgustos nos brinda.
Quién llamó la última vez. Quién se presentó en el hospital con el bolso al hombro y quién despachó el trance con un emoji de una flor.
Quién se acordó del cumpleaños sin que se lo chivara el móvil. Es la contabilidad más callada del mundo y, me temo, la más venenosa, porque se lleva a escondidas incluso de una misma.
Yo llamo amiga a muy poca gente, y y a esa poca la conservo desde hace más de veinte años; a algunas, más nuevas e igual de importantes, desde menos tiempo, pero con una intensidad que no entiende de antigüedad.
Lo digo sin ánimo de medalla, que las medallas en los afectos huelen a naftalina; lo digo porque en ese tiempo he visto morir amistades alrededor, algunas mías, y he acabado por sospechar que casi ninguna murió de lo que se dijo en el entierro.
Lo que la física sabe de nosotros
La física llama entropía a la querencia de todo sistema aislado hacia el desorden, y concede a los sistemas abiertos, la célula, el organismo, cualquier cosa que pretenda seguir viva, el privilegio de conservar su forma siempre que reciban energía de fuera y la gasten sin descanso. La teoría de la información añadió después una segunda acepción, más inquietante para lo que aquí me ocupa: la entropía como medida de la incertidumbre. Cuanto menos sabes qué va a pasar, más alta será obviamente, y peor la llevaremos.
Desactivo la trampa antes de que nadie tropiece en ella.
La segunda ley de la termodinámica no gobierna los afectos, y quien escriba que la ciencia demuestra que las amistades se desordenan estará vendiendo humo con bata blanca.
Como herramienta para pensar, eso sí, la metáfora tiene una precisión que incomoda. Un vínculo no se sostiene solo; si nadie le presta atención, cariño a raudales, tiempo, una llamada a deshora o un silencio compartido en un banco, se desordena.
La reciprocidad, aquella obligación triple de dar, recibir y devolver que Marcel Mauss describió en su Ensayo sobre el don en 1925, es el modo en que dos personas se reparten la faena de mantenerlo en pie. Y rebaja, de paso, la otra entropía, la de la duda: saber que si caes alguien aparece tiene un nombre técnico mucho menos bonito que el que usa la gente corriente, que es paz.
El desequilibrio es el clima
Toda amistad larga atraviesa estaciones en las que una de las partes no puede dar casi nada. Una enfermedad, un hijo que nace o que tiene problemas, unos padres que enferman, un duelo que dura más de lo que el entorno tolera con buena cara, una mudanza, una depresión que no tiene la cortesía de avisar. Durante meses, a veces años, una sostiene y la otra se deja sostener. Si exigiéramos el equilibrio en cada tramo, no quedaría amistad en pie.
La amistad funciona con plazo abierto. Se devuelve cuando se puede, y casi siempre se devuelve otra cosa: quien recibió compañía en un pasillo de hospital devuelve, diez años después, una carcajada a tiempo en un tanatorio. Ese plazo sin fecha es lo que separa un vínculo de un préstamo, y es también lo primero que salta por los aires cuando alguien empieza a mirar el calendario. Hoy por ti, mañana por mí, dice el refrán, y tiene la prudencia de no fijar qué mañana.
Tres maneras de morir
Una amistad que fue de verdad puede acabar de tres formas:

La primera es la deriva, y permítame, la dejadez. Nadie aporta energía y nadie tiene la culpa: la vida separa geografías y horarios, los temas comunes se gastan como se gasta una suela, y dos personas dejan de coincidir sin que medie agravio alguno. Es la entropía en estado puro, y lo que deja es nostalgia, que duele poco y dura mucho.
La segunda es el uso. Una de las partes empieza a extraer sin aportar; aparece cuando necesita y se evapora cuando no, con la puntualidad de un cobrador del frac. Aristóteles distinguía en la Ética a Nicómaco la amistad por utilidad, la amistad por placer y la perfecta, aquella en la que cada cual quiere el bien del otro por el otro. Quien convierte al amigo en medio ha retrocedido de la tercera a la primera, y lo que queda en la otra orilla es una herida.
La tercera es la auditoría, y es la que menos se reconoce, porque quien la practica suele saberse víctima de su película. Aporta, sí, pero cobra cada aportación; lleva el libro mayor de lo dado y lo recibido y aguarda el día del arqueo con la paciencia de un usurero rancio. Lo que deja es resentimiento, que viene a ser nostalgia con intereses de demora leoninos.
El que cuenta también cobra
Aquí está el meollo, y conviene decirlo sin anestesia: exigir devolución ya es una forma de interés. Quien audita a su amiga, ya ha salido de la amistad aunque no se haya enterado, porque ha cambiado de idioma; donde había un vínculo ahora hay una relación de deudas, con su acreedora, su deudora y su morosidad.
De ahí que la condena sea segura. El juicio moral convierte cada fluctuación en un impago, y como las fluctuaciones son inevitables, el veredicto está redactado antes de abrir el expediente. Lo peor es que el juicio se alimenta solo.
Quien cuenta vigila, y quien vigila encuentra; cada mensaje leído y sin respuesta, cada plan cancelado, cada silencio engrosa el sumario. Dentro de ese marco tampoco hay salida que valga: si la deuda se paga, queda la sospecha de que se pagó por obligación, y si no se paga, se confirma lo que ya se sabía. No hay resultado que devuelva la calma.
Alvin Gouldner, en un artículo de 1960 que sigue entre los más citados de la sociología, advirtió que la norma de la reciprocidad convive con el poder, y que quien tiene más fuerza puede recibir sin devolver casi nada. Hay abusos que merecen nombre propio, y no seré yo quien se lo niegue.
Ante quien usa, sin embargo, no hace falta tribunal; basta con reconocer que el vínculo ya no existe y cerrar la puerta. Reconocer mira hacia atrás y termina. Juzgar mira al otro y deja la cuenta abierta, y con la cuenta, la herida.
Lo que apunta el cuerpo
Esta parte no es metáfora, o no del todo, y aquí me sale la enfermera. Un metaanálisis de Holt-Lunstad, Smith y Layton publicado en PLoS Medicine en 2010, con 148 estudios y más de trescientos mil participantes, encontró que quienes tenían relaciones sociales más sólidas sumaban un 50 % más de probabilidad de supervivencia, un efecto comparable al de factores de riesgo tan asentados como el tabaco. La otra cara la midieron Yang, Schorpp y Harris en 2014, siguiendo a 647 adultos durante más de una década: la tensión con la familia y los amigos se asociaba a una carga inflamatoria mayor, con su proteína C reactiva y su interleucina 6, y ese daño pesaba más que la protección del apoyo. Los vínculos protegen con modestia cuando van bien y hieren con generosidad cuando van mal.
Hay más. Dickerson y Kemeny revisaron en 2004 doscientos ocho estudios de laboratorio y vieron que los estresores que combinan la amenaza de ser evaluado con la imposibilidad de controlar la situación provocan las mayores subidas de cortisol y las recuperaciones más lentas. Ser juzgada pone el cuerpo en pie de guerra; juzgar a quien no podemos obligar a devolver, sospecho, también. La hipótesis de la cognición perseverativa, que formularon Brosschot, Gerin y Thayer en 2006 y que todavía cuenta con un apoyo parcial, sostiene que el estrés enferma sobre todo cuando seguimos dándole vueltas, porque la rumia prolonga la activación fisiológica mucho más allá del episodio que la provocó. Llevar la cuenta de una amiga es rumia con método.

En terapia neural se describe el dolor crónico como un círculo de retroalimentación positiva sostenido por el simpático, un circuito que ya no necesita el estímulo original para seguir encendido.
Lo tomo como modelo y no como prueba, aunque la estructura se calca: el desequilibrio engendra el juicio, el juicio engendra la vigilancia, la vigilancia encuentra pruebas, las pruebas alimentan el resentimiento y el resentimiento mantiene el cuerpo en guardia. Aquella llamada que no llegó hace tres años ya no existe. El circuito, sí.
Digo con claridad dónde acaba el dato, porque no pienso hacer trampas ni para darme la razón. Los estudios miden tensión e interacciones negativas, no el juicio moral en sí. Que sea el juicio, y no la pérdida, lo que enferma es una hipótesis mía, coherente con lo que se sabe y todavía sin demostrar.
Qué es, entonces, una amiga
Para sostener todo esto hace falta saber qué es una amistad, y aquí la sociología resulta menos servicial de lo que una esperaría.
Graham Allan, en su perspectiva sociológica de la amistad de 1989, reconoce que no existen criterios firmes y socialmente aceptados para decidir quién cuenta como amigo. Beverley Fehr lo dijo con más gracia: todo el mundo sabe qué es la amistad hasta que le piden definirla.
Lo que sí se repite, de Aristóteles a la antropología contemporánea, son dos rasgos. El primero es querer el bien del otro por el otro y no como instrumento. El segundo lo formula Hruschka desde la antropología, y es más prosaico y más exacto: los amigos se apoyan según la capacidad de cada uno cuando el otro lo necesita. Lo que cuenta es cuánto puede dar cada cual, y nadie está obligado a devolver lo mismo que recibió. Con esos dos rasgos se puede saber si una amistad sigue viva sin esperar a ver cómo acaba, y basta una pregunta para hacerlo: ¿cada una sigue queriendo el bien de la otra y la ayuda en lo que puede? Si la respuesta es sí, hay amistad, aunque durante años una dé mucho más que la otra. La amiga que no da porque no puede sigue siendo amiga. La que no da porque no quiere ya no lo es, y no hace falta condenarla para saberlo.
Montaigne, cuando quiso explicar por qué quería a La Boétie, acabó rindiéndose a una frase que no explica nada y lo dice todo: porque era él, porque era yo. En esa frase no cabe una sola columna de debe y haber.
La amiga que se cierra
Queda un caso que pone a prueba todo lo anterior porque le da la vuelta. Hasta aquí el problema era quien no devuelve, pero hay amigos que, cuando se hunden, tampoco aceptan: se alejan, no cogen el teléfono, contestan con monosílabos a quien se ofrece. De las tres obligaciones de Mauss, la que falla ahora es la segunda, la de recibir, que es la que menos solemos pensar.
Esa podría ser yo misma, que peco de hacerme la fuerte, otras lo hacen por orgullo, otras quizá por carácter y yo por pura cabezonería, pero no somos capaces de pedir ayuda. Creemos ser, pobres, superwoman.
Con el criterio de antes, esa amiga sigue siéndolo. No da porque no puede, y la amistad queda latente, como una casa con las persianas bajadas y alguien dentro. Lo cruel es otra cosa. Un sistema que deja de aceptar energía de fuera se convierte en un sistema aislado, el único que la física condena sin remedio al desorden, y la amiga se aísla justo cuando más necesitaría recibir.
Las razones casi nunca tienen que ver con quien llama. El retraimiento acompaña a muchos cuadros, la depresión entre ellos, y a veces es síntoma antes que decisión, cosa que sabe de sobra cualquiera que trabaje con el dolor ajeno.
Pesan también la vergüenza de ser vista así y el ahorro de energía de quien no tiene nada que ofrecer, ni siquiera a una visita cariñosa. Y hay una razón más, que devuelve el argumento a su origen: el miedo a deber.
Si la amistad se ha vivido como intercambio, aceptar ayuda abre una deuda, y quien está en el fondo del pozo sabe que no podrá pagarla, de modo que rechaza para no endeudarse. La contabilidad envenena así por los dos lados: condena a quien juzga e impide recibir a quien sufre. Solo en una amistad sin libro de cuentas puede alguien dejarse ayudar sin sentirse morosa.
Quien se queda fuera corre su propio riesgo, que es volver a juzgar con los papeles cambiados. Me ofrezco y me cierra la puerta, piensa, y el rechazo se lee como desamor, el desamor como agravio y el agravio abre el expediente.
Lo que la amistad pide en ese trance es más difícil que ayudar: estar sin exigir respuesta, entender que «no quiero tu ayuda» casi nunca significa «no te quiero» y suele querer decir no así, no ahora o no esto, y respetar la negativa sin desaparecer, porque retirarse confirma el aislamiento e insistir lo invade. En ese margen estrecho vive la amistad, y su aporte de energía, durante una temporada, es la espera.
Hay dos límites que la ternura no debe tapar. Cuando el retraimiento es señal de riesgo, el «no» deja de ser soberano y toca avisar a quien pueda ayudar, aunque moleste. Y quien espera también se gasta; sostener años un vínculo en una sola dirección agota, y reconocer ese cansancio no equivale a condenar a nadie.
Reconocer sin sentenciar
Si la amistad es un sistema abierto, sobrevive mientras ambas partes siguen echándole energía sin contarla y aceptan que durante años una dé más que la otra. El balance existe, pero a largo plazo y sin auditor. Cuando el vínculo muere, por desgaste, por uso o por cansancio, lo honesto es reconocerlo, despedirlo y soltarlo; mantener abierto el expediente es una manera lenta de seguir pagando por algo que ya no existe.
Mi posición es invariable e inalienable. Salvo que la vida nos aleje y yo me canse de llamar sin respuesta, permaneceré al lado de quien sea y siempre, porque yo llamo amiga a muy poca gente. A esa poca, la quiero con la pasión con que otros quieren otras cosas, y la espero el tiempo que haga falta, con la puerta abierta y el teléfono encendido. Todo está bien.

Maribel Pastor · Vivir es urgente
Referencias
Mauss M. Essai sur le don. L’Année sociologique, 1925.
Gouldner AW. The Norm of Reciprocity: A Preliminary Statement. American Sociological Review. 1960;25:161-178.
Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review. PLoS Medicine. 2010;7(7):e1000316. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316
Yang YC, Schorpp KM, Harris KM. Social support, social strain and inflammation: evidence from a national longitudinal study of U.S. adults. Social Science & Medicine. 2014;107:124-135. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2014.02.013
Dickerson SS, Kemeny ME. Acute stressors and cortisol responses: a theoretical integration and synthesis of laboratory research. Psychological Bulletin. 2004;130(3):355-391. https://doi.org/10.1037/0033-2909.130.3.355
Clancy F, Prestwich A, Caperon L, O’Connor DB. Perseverative cognition and health behaviors: a systematic review and meta-analysis. Frontiers in Human Neuroscience. 2016;10:534. https://doi.org/10.3389/fnhum.2016.00534
Allan G. Friendship: Developing a Sociological Perspective. Harvester Wheatsheaf, 1989.
Spencer L, Pahl R. Rethinking Friendship: Hidden Solidarities Today. Princeton University Press, 2006.