Egosiones

Acompañar no es decir palabras manidas, sino quedarse

Después de escribir sobre la resiliencia y la paciencia —esas virtudes tan admiradas cuando no son tu cuerpo—, alguien que me quiere leyó mis palabras y se sintió mal por mí. No incómoda, solo mal.

Este texto no es un reproche ni una rectificación. Es una explicación sobre el acompañamiento, la torpeza del lenguaje, la soledad del dolor y lo que de verdad espero de quienes se quedan cuando el reloj deja de correr.

De la gente que se va, la que se queda y la que debería aprender a acompañar

He escrito este texto porque alguien que me quiere leyó mis dos últimos posts —el de la resiliencia y el de la paciencia— y se sintió mal por mí. No incómoda, no a la defensiva. Mal. Como si al leerme hubiera pensado: joder, le estamos deseando justo lo que más le pesa. Y ese gesto, que es de inteligencia emocional fina, me hizo pararme a pensar.

Porque una cosa es que yo diga —y sostengo— que la paciencia y la resiliencia, cuando se viven desde dentro, son una puta mierda muchas veces. Y otra muy distinta es no entender que la mayoría de las personas que me desean eso lo hacen desde el amor. Desde la torpeza, sí. Desde un lenguaje limitado, también. Pero desde el amor, desde lo que la sociedad y la costumbre enseñan. Desde aquello que nos meten en la cabeza, de mejor no molestes o «esto no es asunto mío».

Este post no va dirigido a los que pasan. A esos no hace falta explicarles nada. A los que desaparecen con educación exquisita, a los que se diluyen porque la enfermedad ajena les incomoda, a los que solo vuelven cuando todo parece estable para decir “ya sabía que saldrías adelante”. A esos no les debo pedagogía ni paciencia ni resiliencia. La vida ya les enseñará —o no—, pero no es mi preocupación, ni mi lamento.

A esa gente no le deseo nada especial. No les guardo rencor ni les paso factura. Simplemente los coloco donde corresponde. Porque la enfermedad tiene un talento especial para despejar la sala. No de golpe, no con estruendo, sino de forma progresiva y muy civilizada. Y eso, aunque al principio desconcierta, termina siendo clarificador. Te ahorra explicaciones, expectativas y esfuerzos inútiles.

Hay personas que no tienen tiempo. No ahora, nunca ni mucho menos para esto.

Y no porque su vida sea más importante, sino porque no están dispuestas a hacerle hueco a lo que no controlan. El dolor ajeno no entra bien en agendas apretadas. No se puede calendarizar, no se optimiza, no se resuelve. Y eso, en un mundo que solo entiende de productividad, molesta.

A esas personas no les pido que aprendan ni que se eduquen en el acompañamiento. Solo les pido que no estorben. Que no den lecciones exprés desde la distancia. Que no conviertan su falta de tiempo en superioridad moral del tipo “yo no podría con eso”. No podrías porque no quieres. Y está bien. Pero no lo maquilles de consejo ni de falsa preocupación.

Este post va dirigido a los otros. A los que se quedan. A los que quieren estar y no saben cómo. A los que me desean lo mejor pero no siempre aciertan con las palabras. A los que sienten el impulso de arreglar, de animar, de decir algo útil… y no se dan cuenta de que, a veces, decir algo es justo lo que sobra.

Porque lo que yo quiero de la gente que me quiere bien no es épico ni complejo, pero sí exige aprendizaje.

Quiero silencio sin abandono.

Presencia sin exigencia.

Interés sin presión.

Quiero mensajes que digan “estoy contigo” y no “contéstame”. Quiero un “¿qué te apetece?” que incluya de verdad la posibilidad de que no me apetezca nada.

Quiero que entiendan que no responder no es desamor ni desinterés, sino cuerpo. Sistema nervioso. Dolor. Fatiga. Quiero que piensen “si no contesta, algo le estará pasando” y no “ya no le importo”.

Quiero que no se enfaden por mis silencios. Que no me pidan explicaciones por no tener energía para sostener conversaciones normales. Que no conviertan su preocupación en una carga más que yo tenga que gestionar. Quiero que estén, incluso cuando no saben qué decir, y sobre todo, que no se vayan porque no saben qué hacer.

Acompañar no es hablar bien.

Acompañar es saber callarse sin desaparecer.

Y aquí hay algo importante que decir sin dramatismo, pero con justicia: la vida de quienes no sufren dolor también sigue. Y no solo sigue, sino que avanza a buen ritmo.

Tienen sus problemas, sus mierdas, sus circunstancias, sus trabajos, sus hijos, sus cansancios, sus propios dolores. Y todo eso es real. Y todo eso es legítimo. Nadie está obligado a detener su vida porque yo esté en pausa. No hace falta que nadie se convierta en cuidador profesional ni que abandone su mundo para “estar a la altura”. No va de esto.

Va de que, incluso cuando tu vida sigue —y debe seguir—, yo pueda sentir que existo en tu radar. Que no soy una página que se pasa rápido porque incomoda. Que sigo siendo parte de tu mundo aunque hoy ni mañana, puedas hacer nada concreto.

Por eso también vale un mensaje sencillo. Un “hola, estoy aquí”. Un “hoy tengo un día imposible, pero me acuerdo de ti”. Un “no puedo ir, no puedo llamarte largo, pero te mando este mensaje para que lo sepas: no te he soltado”. Vale un “¿qué te apetece?” y, si no me apetece, vale todavía más un “pues si no te apetece nada, voy igual y me siento contigo, aunque sea en silencio”. Vale un “si quieres, te acompaño sin hablar”.

Porque a veces lo único que hace falta es un cuerpo al lado que no pida conversación, que no exija buen humor, que no necesite que yo esté bien para que el momento sea soportable.

En definitiva, quiero sentir que la gente que me quiere está ahí, aunque no esté físicamente conmigo. Quiero presencia sostenida, no intensidad puntual. No necesito grandes declaraciones. Necesito continuidad. Un hilo. Una señal.

Algo que diga: “tu vida sigue importando, incluso cuando el reloj en la tuya va distinto”. No va de pedir paciencia ni resiliencia, va de tenerla tu con la persona que ha perdido el control de su cuerpo.

Y esto no va solo de sensibilidad. Va de entender qué es vivir con dolor persistente. Existe algo llamado neurociencia del dolor que explica una verdad incómoda: el dolor crónico no es solo una señal física, es un estado del sistema nervioso. El cerebro aprende el dolor. Lo anticipa. Lo amplifica. Y eso afecta a la atención, al ánimo, a la memoria, al lenguaje. No porque la persona quiera aislarse, sino porque su sistema está en permanente alerta.

Entender esto cambia la forma de acompañar. Cambia cómo interpretas un silencio, una ausencia, un “hoy no puedo”. Deja de ser personal y pasa a ser fisiológico. Y cuando entiendes eso, acompañar deja de ser un esfuerzo heroico y se convierte en un gesto sencillo: no exigir.

Yo seguiré diciendo que la paciencia y la resiliencia son una mierda cuando se usan como consignas vacías. Lo seguiré diciendo con ironía porque lo necesitan.

Pero no confundo esas palabras con la intención de quien me quiere bien. Sé que muchas veces detrás hay miedo, impotencia y un deseo real de que todo vaya mejor.

Lo único que pido es que aprendamos a acompañar mejor. Y ojo, que a mi me lo aplico la primera. Que entendamos que estar no siempre es hablar. Que querer no siempre es intervenir. Y que, a veces, el mayor acto de amor es respetar el ritmo del otro, aunque no coincida con el tuyo.

Este texto no es un reproche.

Es una explicación, para quien quiera quedarse y aprender a hacerlo bien.

Este texto dialoga con La puta resiliencia y La paciencia. No los corrige. Los completa. Porque a veces no se trata de cambiar lo que decimos, sino de explicar desde dónde lo decimos.