Alimentación, microbiota y prevención de heridas: lo que tiene base y lo que es marketing

Del plato al intestino hay un camino corto. Del intestino a la piel, uno que todavía estamos cartografiando.
En el artículo anterior repasamos lo que se sabe de la relación entre la microbiota intestinal y las heridas crónicas, y la conclusión fue incómoda: hay asociaciones, hay hipótesis razonables y hay muy poca prueba de causalidad. La pregunta que viene después es la que se hace cualquiera que haya leído hasta ahí. Si la microbiota importa, ¿qué como para cuidarla?, ¿sirve eso para no acabar con una úlcera?, ¿y los suplementos, los probióticos, el colágeno, el zinc que anuncian en la farmacia del barrio?
Conviene adelantar la respuesta para que nadie llegue al final con expectativas equivocadas. No hay ningún estudio que demuestre que modificar la microbiota con la dieta prevenga heridas. Lo que sí hay es bastante información sobre qué alimentos y hábitos cambian la microbiota, y, por otro camino distinto y mucho mejor documentado, sobre cómo la desnutrición favorece las lesiones por presión y retrasa la cicatrización. Las dos cosas suelen venderse juntas, envueltas en la misma etiqueta de «salud desde dentro», y separarlas es la primera tarea de este artículo.
Qué come la microbiota y qué devuelve
La mayor parte de lo que comemos se absorbe en el intestino delgado. Lo que no somos capaces de digerir, sobre todo la fibra de legumbres, verduras, frutas, cereales integrales y frutos secos, llega intacto al colon, y allí es donde trabaja la microbiota. Las bacterias fermentan esa fibra y producen ácidos grasos de cadena corta, principalmente acetato, propionato y butirato, que activan receptores en las células del huésped, modifican la expresión de genes y sirven como fuente de energía; por esa vía influyen en el metabolismo, en la función de la barrera intestinal y en la respuesta inmunitaria [1]. Es el mecanismo que con más frecuencia se invoca para explicar el eje intestino-piel, y conviene recordar que está bien descrito en el intestino y bastante menos demostrado en la piel.
Lo que ocurre cuando se añade fibra a la dieta de personas sanas está razonablemente medido. Un metaanálisis de 64 ensayos aleatorizados con 2.099 participantes encontró que la intervención con fibra aumentaba la abundancia de Bifidobacterium y Lactobacillus en heces y la concentración de butirato, con un efecto más claro para los fructanos y los galactooligosacáridos, que abundan en legumbres, cebolla, ajo, puerro o alcachofa. Lo que no cambiaba era la diversidad global de la comunidad [2]. La fibra alimenta a determinados grupos, pero no transforma por sí sola una microbiota pobre en una variada.
La variedad parece pesar tanto como la cantidad. En el proyecto American Gut, que analizó muestras de más de 10.000 voluntarios, quienes comían más de 30 tipos distintos de plantas a la semana tenían más bacterias de las que fermentan fibra y producen ácidos grasos de cadena corta, y menos genes de resistencia a antibióticos en su microbiota, que quienes comían 10 o menos [3]. Es un estudio observacional con participantes que se apuntaron por iniciativa propia, así que no demuestra que contar plantas cambie nada, pero la idea práctica es útil: mejor muchas plantas distintas que mucha cantidad de las mismas.
Fermentados, dieta mediterránea y ultraprocesados
Los alimentos fermentados dieron una sorpresa en un ensayo de la Universidad de Stanford. Durante 17 semanas, un grupo de adultos sanos aumentó la fibra y otro los alimentos fermentados, con 18 personas en cada grupo. La dieta rica en fermentados aumentó progresivamente la diversidad de la microbiota y redujo varios marcadores inflamatorios; la rica en fibra modificó las enzimas bacterianas encargadas de degradar carbohidratos, pero no la diversidad [4]. Hablamos de yogur natural, kéfir, encurtidos o verduras fermentadas, no de cápsulas, y de un estudio pequeño en gente sana que sirve para orientar, no para recetar.

Fermentados de verdad, en tarro y en la nevera. La diferencia con la cápsula importa.
El patrón alimentario que reúne todo lo anterior es el que tenemos más cerca. En el estudio europeo NU-AGE, 612 personas mayores de cinco países siguieron durante un año una dieta mediterránea adaptada a su edad. Quienes la cumplieron mejor presentaron cambios en la microbiota que se asociaron con menos fragilidad, mejor función cognitiva y niveles más bajos de proteína C reactiva y de interleucina 17, dos marcadores de inflamación [5]. La fragilidad no es una herida, pero es el terreno en el que aparecen las lesiones por presión, los desgarros cutáneos y las heridas que tardan meses en cerrar.
En el extremo opuesto están los aditivos de los productos ultraprocesados. En un ensayo con dieta controlada, 7 personas que tomaron durante 11 días carboximetilcelulosa, un emulsionante de uso muy común, presentaron una microbiota menos diversa, menos ácidos grasos de cadena corta y más molestias abdominales que las 9 que siguieron la misma dieta sin ese aditivo; en dos de ellas las bacterias llegaron a invadir la capa de moco que normalmente las mantiene alejadas de la pared intestinal [6]. Es un estudio muy pequeño y breve, pero apunta en la misma dirección que el sentido común: cuanto menos procesado, mejor.
Antibióticos: el factor que no se come pero se traga
Si hay algo que altera de verdad la microbiota es el antibiótico. Doce hombres jóvenes y sanos que recibieron durante cuatro días una combinación de tres antibióticos de amplio espectro perdieron bifidobacterias y productoras de butirato y vieron crecer enterobacterias y otros microorganismos potencialmente patógenos; la comunidad volvió a una composición parecida a la inicial en un mes y medio, pero nueve especies que todos tenían antes del tratamiento seguían sin detectarse en la mayoría a los seis meses [7]. En personas con pie diabético infectado tratadas con betalactámicos, la microbiota intestinal también se apartaba de la de personas con diabetes sin infección [8].
Esto no es un argumento contra los antibióticos cuando hay infección, que salvan miembros y vidas. Es un argumento contra los antibióticos por inercia, los que se pautan ante una herida colonizada que no está infectada o se prolongan más de lo necesario. Para la microbiota, y para las resistencias, el antibiótico que no se da es el mejor cuidado.
Probióticos: lo que no hace lo que promete
Los probióticos en cápsulas son el producto estrella de este campo y el que peor sale parado cuando se le pide evidencia. Una revisión de siete ensayos aleatorizados en adultos sanos no encontró cambios en la diversidad, la riqueza ni el equilibrio de la microbiota fecal frente a placebo en ninguno de ellos [9]. Las bacterias de la cápsula pasan por el intestino, pero no se instalan ni reorganizan la comunidad residente.
Hay un dato más incómodo. En un estudio con ratones y voluntarios humanos, tomar un probiótico de varias cepas después de un tratamiento antibiótico retrasó y dejó incompleta la recuperación de la microbiota propia, comparado con dejar que se recuperara sola [10]. Es un único estudio y con pocos participantes, pero basta para poner en duda la costumbre de acompañar cada antibiótico con un probiótico por si acaso. Para cicatrizar heridas, como vimos en el artículo anterior, los datos son escasos y el ensayo más citado está bajo una expresión de preocupación de la propia revista.

Siete ensayos, ningún cambio en la diversidad. La cápsula pasa, pero no se queda.
Donde la alimentación sí toca la herida: la desnutrición
Aquí cambia el tono de la evidencia. Un metaanálisis que reunió 16 estudios encontró que las personas desnutridas tenían 3,66 veces más probabilidad de desarrollar una lesión por presión que las bien nutridas [11]. La desnutrición en personas mayores, encamadas, con enfermedad crónica o tras un ingreso es frecuente, suele pasar desapercibida y, a diferencia de la microbiota, se puede medir en la consulta con herramientas sencillas.
La guía práctica de la Sociedad Europea de Nutrición Clínica y Metabolismo (ESPEN) para personas mayores recomienda cribar de forma sistemática el riesgo de desnutrición con una herramienta validada y establece que la ingesta de proteínas debe ser de al menos 1 gramo por kilo de peso y día [12]. Una de las herramientas más usadas es la versión corta del Mini Nutritional Assessment (MNA-SF), validada en 2.032 personas con una edad media de 82 años, que permite sustituir el índice de masa corporal por la circunferencia de la pantorrilla cuando no se puede pesar o tallar a la persona [13], algo habitual en quien está encamado.

Cribar la desnutrición es la forma más directa de proteger la piel desde el plato.
Suplementos: qué dicen los ensayos
Que la desnutrición favorezca las lesiones no significa que dar suplementos a todo el mundo las prevenga. La revisión Cochrane más reciente, con 33 ensayos y casi 8.000 participantes, concluye que los suplementos de energía, proteínas y micronutrientes pueden suponer poca o ninguna diferencia en la aparición de nuevas lesiones por presión, con evidencia de certeza baja [14]. Un metaanálisis de 2023 llegó a una conclusión más favorable con tres ensayos [11], pero la revisión Cochrane, que incluye más estudios y gradúa la certeza de la evidencia, invita a la prudencia.
En el tratamiento de lesiones ya establecidas el panorama es algo mejor. Según la misma revisión, los suplementos de energía, proteínas y micronutrientes pueden aumentar ligeramente el número de lesiones que cicatrizan, y los suplementos de colágeno probablemente reducen algo más el área de la lesión, aunque esta última conclusión procede de un único ensayo de 74 personas [14]. El ensayo más sólido sobre fórmulas específicas incluyó a 200 personas desnutridas con lesiones por presión de categoría II a IV: con una fórmula oral hiperproteica enriquecida con arginina, zinc y antioxidantes, el área se redujo un 60,9 % a las ocho semanas, frente al 45,2 % con una fórmula de igual contenido calórico y proteico sin esos nutrientes, sin diferencias en la cicatrización completa [15]. El matiz es importante: el beneficio se demostró en personas desnutridas con una lesión, no en población general.
El zinc es un buen ejemplo de nutriente con fama mayor que su evidencia. En úlceras venosas y arteriales, la revisión Cochrane de seis ensayos pequeños no encontró que el sulfato de zinc oral mejorara la cicatrización [16]. Tiene sentido corregir un déficit documentado; tomarlo por sistema no lo tiene. Lo mismo vale para la vitamina C, cuyo efecto sobre las lesiones por presión es, según Cochrane, muy incierto [14].
Diabetes y pie: el patrón que acompaña
En el pie diabético, la información disponible procede de estudios observacionales. En un trabajo de un equipo de la Universidad Miguel Hernández con 174 personas con diabetes tipo 2, quienes no seguían la dieta mediterránea presentaban con más frecuencia riesgo de úlcera, aunque al ajustar por otros factores pesaban más la actividad física, la atención podológica y los años de evolución de la diabetes [17]. En una cohorte iraní de más de 22.000 personas con diabetes, una mayor adherencia a la dieta mediterránea se asoció a menos neuropatía, nefropatía y retinopatía [18]; la neuropatía es la puerta de entrada de la mayoría de las úlceras del pie. Ninguno de los dos estudios demuestra causalidad, y el segundo deja una lección que el primero confirma: la dieta suma, pero no sustituye al calzado adecuado, a la revisión del pie y al control de la glucosa.
Qué hacer, según quién seas
Si eres una persona sana que quiere cuidar su microbiota, lo razonable coincide con lo que ya era bueno para todo lo demás: un patrón de tipo mediterráneo, con legumbres varias veces por semana, verdura y fruta a diario, cereales integrales, frutos secos y aceite de oliva, la mayor variedad posible de plantas distintas, algún fermentado si te sienta bien, como el yogur natural o el kéfir, y la menor cantidad posible de ultraprocesados. Los cambios de fibra conviene hacerlos poco a poco para evitar molestias, y quien tenga enfermedad renal, enfermedad intestinal o restricciones dietéticas debe pactarlos con su equipo sanitario.
Si eres una persona mayor, vives con alguien mayor o cuidas de alguien que pasa muchas horas en cama o en silla, la prioridad no es la microbiota sino la desnutrición. Vigilar si come menos, si pierde peso o si la ropa le queda más holgada, pedir que se haga un cribado nutricional y asegurar proteínas suficientes en cada comida protege la piel más que cualquier suplemento de moda.
Si vives con diabetes, el patrón mediterráneo es un buen aliado, pero el pie se protege sobre todo con revisión diaria, calzado adecuado, control de la glucosa y visitas al podólogo.
Si ya tienes una herida, la alimentación forma parte del tratamiento. Pide que valoren tu estado nutricional; si hay desnutrición, el equipo puede indicar un suplemento oral hiperproteico o una fórmula específica, que es donde la evidencia es más favorable. Los suplementos por tu cuenta, el zinc o la vitamina C sin un déficit demostrado y los probióticos para cicatrizar no tienen base suficiente.
Y si te han recetado un antibiótico, tómalo como está pautado y durante el tiempo indicado, sin añadir un probiótico por si acaso, y vuelve cuanto antes a una dieta variada y rica en fibra.
Para terminar
El intestino agradece la fibra, la variedad y los fermentados; la piel agradece no estar desnutrida. Ninguna de las dos cosas se compra en cápsulas, y las dos se consiguen antes en la cocina que en la farmacia. Lo que todavía no sabemos es si cuidar la una protege a la otra, y mientras la ciencia lo averigua, lo honesto es no venderlo como si estuviera demostrado.
Referencias
Todas las referencias se han comprobado en PubMed el 26 de octubre de 2026 por su PMID y DOI.
1. Koh A, De Vadder F, Kovatcheva-Datchary P, Bäckhed F. From dietary fiber to host physiology: short-chain fatty acids as key bacterial metabolites. Cell. 2016;165(6):1332-45. doi:10.1016/j.cell.2016.05.041. PMID: 27259147.
2. So D, Whelan K, Rossi M, Morrison M, Holtmann G, Kelly JT, et al. Dietary fiber intervention on gut microbiota composition in healthy adults: a systematic review and meta-analysis. Am J Clin Nutr. 2018;107(6):965-83. doi:10.1093/ajcn/nqy041. PMID: 29757343.
3. McDonald D, Hyde E, Debelius JW, Morton JT, Gonzalez A, Ackermann G, et al. American Gut: an open platform for citizen science microbiome research. mSystems. 2018;3(3):e00031-18. doi:10.1128/mSystems.00031-18. PMID: 29795809.
4. Wastyk HC, Fragiadakis GK, Perelman D, Dahan D, Merrill BD, Yu FB, et al. Gut-microbiota-targeted diets modulate human immune status. Cell. 2021;184(16):4137-53.e14. doi:10.1016/j.cell.2021.06.019. PMID: 34256014.
5. Ghosh TS, Rampelli S, Jeffery IB, Santoro A, Neto M, Capri M, et al. Mediterranean diet intervention alters the gut microbiome in older people reducing frailty and improving health status: the NU-AGE 1-year dietary intervention across five European countries. Gut. 2020;69(7):1218-28. doi:10.1136/gutjnl-2019-319654. PMID: 32066625.
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