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Maribel Pastor

EN VOZ ALTA

Segunda parte de «EGO O EGOISMO O…»

La furia está donde tenía que estar: entera, ordenada y esperando turno, como todo lo mío. No me faltaba acceso sino permiso, el que da el hartazgo.

Así que empiezo por lo que no se dice, con limón: corta igual, pero además desinfecta.

Me enfurece la amistad que solo exige y da por hecho que estás porque siempre estuviste. Y me enfurece lo que pasa el día que digo que no: enfado. La amistad de verdad aguanta un no.

Y ya que gusta tanto opinar de lo mío, dejadme que os lea el informe. Lo que hacéis tiene nombre técnico: castigo. Una consecuencia desagradable que sigue a una conducta y hace que esa conducta se repita menos. Digo que no, llega el reproche o la frialdad, y la próxima vez mi cuerpo ya sabe lo que cuesta. Enhorabuena: la aplicación de un programa de condicionamiento perfecto, con una constancia que ya quisiera yo para la rehabilitación de mis pacientes. Haber conseguido que diga que sí antes de preguntarme apenas, si quiero.

Y lo mejor del método es que la víctima lo confunde con su carácter, por lo que ella sola se encarga del castigo.

Hay una explicación que ayuda. O’Connor y Seeley proponen que el duelo, del tipo que sea, es una forma de aprendizaje: el cerebro sigue dando por hecho que la persona —circunstancia, costumbre o lo que sea— sigue estando, aunque la memoria sepa que se ha ido, y hacen falta tiempo y repetición para que las dos cosas encajen.

Es un modelo, no un dogma, y explica por qué el cuerpo tarda mucho más que el calendario. Y explica también la única estadística que aquí importa: se fueron, temporalmente, los que devolvían.

Al final del recuento queda una habitación con menos gente. No hablo de la soledad buena, la del domingo en silencio, que esa es un lujo. Hablo de la otra: no queda nadie a quien contarle esto sin calcular antes lo que va a costar. Se puede estar rodeada y estar sola del todo. Es la versión más frecuente y la peor pagada.

Y esa soledad no se queda quieta. Trabaja, y trabaja contra mí. Cacioppo y Hawkley lo explicaron así: la soledad te vuelve más sensible a la amenaza social y te hace ver rechazo por todas partes. Es un mecanismo de protección que acaba haciendo justo lo contrario de lo que pretende. Cuanto más sola estoy, mejor detecto el desprecio, incluido el que no existe. Cuanto mejor lo detecto, menos me expongo. Cuanto menos me expongo, más sola estoy. Un círculo perfecto, que además funciona solo.

Me enfurece que todos los problemas parezcan más importantes que los míos. Que el mío sea siempre lo que puede esperar, lo que se cuenta al final cuando ya no queda tiempo. Y me enfurece sobre todo que, a ratos, incluso me lo parezca también a mí.

Eisenberger demostró que quedarse fuera del grupo activa zonas del cerebro relacionadas con el malestar del dolor físico. Woo matizó después que no son idénticas, así que lo que se discute es cuánto se parecen, no el fondo: el cerebro trata la exclusión como un peligro, no como un disgusto.

La corteza prefrontal es la parte que elige las palabras y controla la reacción, y es la primera que falla bajo estrés: Arnsten comprobó que basta un estrés leve pero incontrolable para que rinda peor. O sea que lo que necesito para hablaros bien es lo primero que se me estropea cuando voy a hablar. Y luego alguno tiene la cara de decirme que me explico fatal.

Dickerson y Kemeny revisaron más de doscientos estudios y encontraron que el cortisol se dispara sobre todo en dos situaciones: cuando otros pueden juzgarte y cuando no controlas el resultado. Mi cuerpo no exagera: ha clasificado bien la situación. Y eso se paga. McEwen lo llamó carga alostática, el desgaste de tanto adaptarse, y se cobra en el corazón, en las defensas, en la memoria. La mujer que nunca dice que no, no es más buena.

Por escrito, en cambio, no me tiembla la voz.

Aquí puedo corregir, elegir la palabra y publicar sin mirar. Escribir es diferido, y por eso es seguro. Hablar no: es irreversible y ocurre delante de una cara que estoy viendo. Y cuando quedan pocos, cada uno vale más, así que decirle a uno lo que pienso deja de ser higiene y se convierte en una apuesta enorme. Ahí está la trampa que me habéis montado entre todos: callar sale más a cuenta justo cuando más falta hace hablar.

Y sin embargo, una vez me puse primera

Lo escribí y lo publiqué. Dije que poner delante mi salud y a los míos no es egoísmo. Que decir que no, no necesita permiso. Que ordenar prioridades no es cancelar a nadie. Y me lo cobrasteis. No hace falta que detalle la factura. Lo digo con toda la satisfacción del mundo: si escribo que hay gente que castiga a quien se prioriza, y esa gente me castiga, esto ya no es una discusión. Es un peritaje. Firmadme la conformidad y seguimos.

Y de paso quedó claro que ni escribir sale gratis. Era mi último refugio. Tampoco lo era.

Así que se acabó el tono. En aquel texto hablé del cuerpo, que es lo fácil: el cuerpo tiene sueros, vías, analíticas y cicatrices. Siempre hay algo que enseñar. Ahora toca lo que no sale en ninguna prueba y queda a merced del primero que pase. Hablemos de la depresión mayor. Porque no tenéis ni idea de qué es. Y aun así opináis, con esa seguridad de quien nunca ha tenido que calcular cuánta energía le va a costar ducharse.

Como está visto que nadie os lo ha explicado, os lo explico yo, que para eso me pagan. La depresión mayor no es tristeza, sino una enfermedad con criterios: semanas seguidas de síntomas a la vez, entre ellos perder el interés y la capacidad de disfrutar, y un deterioro real de la vida. No es una racha. No es falta de gratitud. No es una crisis de señora con tiempo libre.

Malhi y Mann lo resumen en el Lancet sin poesía: la sufre alrededor del 6% de la gente cada año, entre el 15 y el 18% la tendrá alguna vez en la vida, y ocho de cada diez que pasan un episodio pasarán otro.

Traducido a la mesa del domingo: la estadística dice que ya hay alguno sentado aquí. A lo mejor no soy yo la rara. A lo mejor soy la única que lo ha dicho en voz alta.

Y ahora lo que de verdad os falta: cómo funciona una cabeza ahí dentro.

Disner y Beck lo describieron bien. En la depresión, las zonas del cerebro que procesan la emoción mandan más, y la parte que las controla manda menos.

El resultado es un filtro estropeado: la atención, la interpretación y el recuerdo se vuelven sistemáticamente negativos. No es que yo vea el vaso medio vacío, o que sea negativa. Es que el filtro que decide qué entra y qué se guarda solo deja pasar lo que confirma lo peor.

Luego está la rumiación, que no es darle vueltas a las cosas como se las dais vosotros. Hamilton y su equipo encontraron que en la depresión se conectan más de la cuenta dos sistemas: el que se ocupa de pensar en uno mismo y el que se asocia al repliegue. Dicho en fácil: la cabeza se queda encendida en bucle sobre sí misma, y ese bucle está enchufado justo al circuito que ordena retirarse. Así que sí, me encierro. No por soberbia. Por cableado.

Rock y su equipo demostraron que en la depresión hay pérdidas medibles de memoria, de atención y de capacidad para organizarse. Y algo peor: siguen ahí cuando la persona ya está mejor, ya sonríe en las fotos y vosotros dais el tema por zanjado.

Así que cuando decís que estoy despistada, que se me olvidan las cosas, que no soy la de antes, tenéis razón. Lo que no sabéis es que estáis describiendo un síntoma, no un defecto moral. Enhorabuena: habéis hecho una observación clínica correcta y la habéis usado como reproche.

Así que no, no es pereza, aunque sea vuestra hipótesis favorita.

Treadway y Zald llevan años explicando que mezcláis dos cosas distintas. Una es disfrutar de lo que ya tienes delante y otra es tener ganas de levantarte a buscarlo. Lo que se rompe en la depresión es lo segundo.

No es que no quiera: es que el sistema que calcula si merece la pena moverse me devuelve las cuentas mal, y yo lo sé, y aun así salen mal.

Pedirme voluntad es pedirme que corrija a mano una operación que mi cerebro está haciendo mal. Es como pedirle a un diabético que segregue insulina con entusiasmo. O a un asmático que respire con más ganas. Probad, a ver qué tal.

Y por eso, que quede escrito con todas sus letras: priorizarse en una depresión mayor no es un capricho ni una moda de autoayuda. Es tratamiento. Del que se prescribe y se mide. Se llama activación conductual y consiste en volver a poner en el centro las cosas que a una le importan, y sostenerlas contra la inercia de la enfermedad.

El metaanálisis de Ekers reúne veintiséis ensayos clínicos y más de mil quinientos pacientes, y funciona mejor que no hacer nada y, en el grupo comparado, mejor que la medicación. Así que cuando me llamáis egoísta por reservarme una hora, un no o una semana, no estáis juzgando mi carácter.

Me estáis pidiendo que abandone un tratamiento. Sin bata, sin haber leído una línea, y con muchísima seguridad.

Y ahí seguís, con el repertorio intacto y sin actualizar desde hace décadas. Que si tienes que poner de tu parte. Que si sal, que te vendrá bien. Que si hay gente peor. Que si antes no eras así. Esta última es mi preferida, porque es la única sincera. Antes no había que preguntarte cómo estabas, porque nunca estabas mal, o te lo callabas, porque aunque no lo sepan, siempre he vivido callándome. No echáis de menos a mi persona. Echáis de menos mi rendimiento.

A nadie con un fémur roto le decís que ponga de su parte. A nadie con una neumonía le recordáis que hay gente peor. Ese vocabulario lo reserváis para lo que no se ve. Y sobre todo para las mujeres con fama de fuertes, porque a la que siempre pudo no se le permite no poder. Se le reclama como un servicio que ha dejado de prestarse. Y el impago se penaliza con intereses.

Ya lo escribí una vez y lo mantengo: el que juzga desde la salud que le sobra confunde su abundancia con virtud. Aquí es peor, porque cuando lo que falla es el ánimo, el sano no solo se cree generoso. Cree que él no caería, porque él es más entero, más positivo. Y desde ahí decide cuánto puedo y qué cantidad de tristeza le parece creíble.

Y queda lo más obsceno de todo: pedirle a la persona enferma que siga sosteniendo a la sana. Que escuche. Que se haga cargo. Que no incomode. Que se disculpe por estar así. Que lleve su enfermedad con discreción para que los demás no se enteren.

Así que lo digo alto, y esta vez sin la educación de la primera vez. No me estoy poniendo por delante. Me estoy poniendo, por fin. No estoy fallando a nadie: estoy dejando de fallarme yo, que era la única deslealtad que aquí no denunció nunca nadie. Quien no lo entienda, que no lo entienda.

No hacía falta hipnosis. Hacía falta escribirlo entero, de una vez, sin que nadie me durmiera, y comprobar que al terminar seguía aquí. Lo que viene ahora no es un problema de acceso, es de organización: elegir a quién, elegir cuándo, y asumir que algunos de los que se enfaden cuando hable no estaban de mi lado.

Vivir es urgente, priorizarme también, hablar de la salud mental abiertamente, es esencial.

Fuentes

Arnsten AFT. Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function. Nature Reviews Neuroscience. 2009;10:410–422. doi:10.1038/nrn2648 — [revisión consolidada]

Cacioppo JT, Hawkley LC. Perceived social isolation and cognition. Trends in Cognitive Sciences. 2009;13(10):447–454. doi:10.1016/j.tics.2009.06.005 (PMID 19726219) — [revisión; círculo de la soledad]

Dickerson SS, Kemeny ME. Acute stressors and cortisol responses. Psychological Bulletin. 2004;130(3):355–391. doi:10.1037/0033-2909.130.3.355 (PMID 15122924) — [metaanálisis, 208 estudios; sólido]

Disner SG, Beevers CG, Haigh EAP, Beck AT. Neural mechanisms of the cognitive model of depression. Nature Reviews Neuroscience. 2011;12(8):467–477. doi:10.1038/nrn3027 (PMID 21731066) — [revisión; base neural del sesgo negativo]

Eisenberger NI, Lieberman MD, Williams KD. Does rejection hurt? An fMRI study of social exclusion. Science. 2003;302(5643):290–292. doi:10.1126/science.1089134 — [hallazgo original; luego debatido]

Ekers D, Webster L, Van Straten A, Cuijpers P, Richards D, Gilbody S. Behavioural activation for depression: an update of meta-analysis of effectiveness and sub group analysis. PLoS ONE. 2014;9(6):e100100. doi:10.1371/journal.pone.0100100 (PMID 24936656) — [metaanálisis, 26 ensayos; sólido]

Hamilton JP, Farmer M, Fogelman P, Gotlib IH. Depressive rumination, the default-mode network, and the dark matter of clinical neuroscience. Biological Psychiatry. 2015;78(4):224–230. doi:10.1016/j.biopsych.2015.02.020 (PMID 25861700) — [metaanálisis y modelo propuesto]

Malhi GS, Mann JJ. Depression. The Lancet. 2018;392(10161):2299–2312. doi:10.1016/S0140-6736(18)31948-2 — [revisión de referencia; epidemiología y curso]

McEwen BS. Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine. 1998;338(3):171–179. doi:10.1056/NEJM199801153380307 — [carga alostática; clásico]

O’Connor MF, Seeley SH. Grieving as a form of learning. Current Opinion in Psychology. 2022;43:317–322. doi:10.1016/j.copsyc.2021.08.019 (PMID 34520954) — [modelo propuesto, no consenso]

Rock PL, Roiser JP, Riedel WJ, Blackwell AD. Cognitive impairment in depression: a systematic review and meta-analysis. Psychological Medicine. 2014;44(10):2029–2040. doi:10.1017/S0033291713002535 (PMID 24168753) — [metaanálisis; déficits que persisten en remisión]

Treadway MT, Zald DH. Reconsidering anhedonia in depression. Neuroscience & Biobehavioral Reviews. 2011;35(3):537–555. doi:10.1016/j.neubiorev.2010.06.006 (PMID 20603146) — [revisión; placer frente a motivación]

Woo CW, Koban L, Kross E, et al. Separate neural representations for physical pain and social rejection. Nature Communications. 2014;5:5380. doi:10.1038/ncomms6380 — [réplica; matiza a Eisenberger]