El doce de mayo es el cumpleaños de Florence Nightingale, y por eso es el Día Internacional de la Enfermera. Lo escribo sin entusiasmo de fecha redonda, porque las efemérides profesionales se parecen demasiado a los aniversarios de boda forzados: nadie sabe muy bien si celebrar lo que hay o disimular lo que falta. Y lo que falta es bastante. Pero antes de entrar en eso me apetece recordar que Florence no era la dama de la lámpara —ese cromo lo fabricó la prensa victoriana con el mismo entusiasmo con que hoy se fabrican los hashtags, y por las mismas razones, que son siempre las del mercado—, sino una estadística meticulosa, escéptica hacia la cadena de mando militar y dotada de una insolencia útil, que entró en los hospitales de Crimea con un cuaderno y la cabeza fría, contó muertos con método y demostró, en gráficos de área polar que aún se estudian en cualquier facultad seria, que la mugre hospitalaria mataba más que la artillería rusa. La fundadora de mi oficio salvó vidas con una hoja de cálculo. La lámpara fue decoración tardía, y un poco impertinente.
Yo soy enfermera. Cuido la piel, investigo en heridas, estoy en ANEDIDIC, y este abril nos hemos pasado dos días en Alcalá de Henares discutiendo, ponencia tras ponencia, el órgano que más nos protege y más nos delata. Que el congreso cayera en la ciudad de Cervantes me pareció justo, porque cuidar también es traducir; y traducir mal —ya lo sabía don Quijote— sale caro. Una herida mal leída cicatriza dos veces, y la segunda peor.
Aprovecho la fecha, entonces, para escribir tres cartas en una. Si alguien se aburre por el camino, le invito amablemente a saltarse la suya y leer la del vecino. Probablemente le concierna también.
La primera carta va dirigida a algún colega médico de los que todavía, en 2026, levantan una ceja cuando una enfermera firma un artículo, coordina una unidad o, peor aún, le rebate un argumento con bibliografía propia. Querido colega: ya está bien. Mi marido es traumatólogo, así que conozco el oficio desde la sala de estar y desde el quirófano, y puedo asegurarle, con conocimiento de causa, que la enfermería que hoy tiene a su lado no es la ATS de los años setenta que asentía en silencio mientras el jefe de servicio se equivocaba en redondo. Es una graduada universitaria de doscientos cuarenta créditos, frecuentemente con máster, a veces con doctorado, casi siempre con más horas a pie de cama, o escuchando en una consulta, que las que ha dedicado usted. Eso no la convierte en su rival; la convierte en su colega. La diferencia, en términos de seguridad del paciente, es enorme. No le pedimos que se aparte, sólo que se siente al lado y, cuando se ofrezca un dato relevante, lo escuche aunque venga del lado contrario del estetoscopio. Especialmente cuando venga del lado contrario del estetoscopio, porque ese lado, por mero protocolo, lleva más rato mirando al paciente que usted.
La segunda carta va al político, que es un destinatario peculiar porque rara vez lee y siempre opina. Señora ministra, señor conseller, sabemos que les encanta la palabra “marco”. Estatuto marco, marco competencial, marco español de cualificaciones, marco autonómico, marco normativo. Si pintaran cuadros con todos esos marcos podría montarse una bienal entera y aun sobrarían molduras para el invierno. Lamentablemente los marcos no curan a nadie. Llevan más de quince años aplazando una reclasificación que es de aritmética básica: si el grado universitario sustituyó a la diplomatura en 2008, mantener a la enfermería en el subgrupo A2 es como seguir cobrando en pesetas porque siempre se cobró en pesetas. Pintoresco, pero falso. Y caro, sobre todo para nosotras. En 2020 nos dedicaron el año, declarado por la OMS, y nos aplaudieron desde los balcones a las ocho de la tarde con un fervor que tres semanas después ya se había evaporado en el sentido común español. En 2026 seguimos esperando el complemento que separa el aplauso del reconocimiento. Y luego están los ratios, que España tiene a la cola de Europa, plantillas calculadas con criterio de almacenista, y úlceras por presión que ustedes consignan como indicador de calidad cuando son, casi siempre, úlceras por ratio. Aparecen donde no hay manos suficientes para girar al paciente cada dos horas.
Eso no se arregla con una campaña institucional, ni con un día mundial, ni con la nota de prensa que ustedes publicarán mañana doce de mayo, agradeciendo nuestra labor con verbos en tercera persona. Se arregla contratando, pagando como se debe pagar y reconociendo en el organigrama lo que ya reconoció la universidad hace dieciocho años. Es decir, gobernando.
La tercera carta va al público, que es el destinatario más generoso, el más confuso y, en cualquier caso, el más interesado, porque usted, querido lector, querida lectora, va a ser paciente. Si todavía no lo es, lo será. La estadística no perdona, y el cuerpo, antes o después, se cansa de comportarse. Cuando llegue ese día —y le deseo de corazón que llegue tarde y leve—, va a entrar en un hospital, en un centro de salud o en una residencia, y allí va a encontrarse con dos figuras profesionales bien distintas. Una le hará un diagnóstico, le pautará un tratamiento y firmará un alta. La otra hará casi todo lo demás: le tomará las constantes a las cuatro de la mañana, comprobará que el suero entra y no se infiltra, le girará el cuerpo si está encamado para que la espalda no se le abra como un mapa, le explicará por qué todavía no puede tomarse el ibuprofeno, le enseñará a inyectarse la heparina sin que le tiemble la mano, le cambiará el apósito con la técnica precisa para que la cura no le arranque media epidermis, vigilará si la herida huele raro y avisará al médico antes de que usted sepa que algo va mal. Esa segunda figura, la que va a estar con usted más tiempo y la que más probablemente le va a salvar la vida sin que usted llegue a enterarse, es la enfermera. Convendría que aprendiera a distinguirla. Y, ya que estamos, a llamarla por su nombre, que figura en la chapa, y no “señorita”, que es un tratamiento que en el siglo XXI debería darnos un poco de vergüenza colectiva.
Lo digo con conocimiento de causa, porque yo también soy paciente. Vivo desde que tengo memoria con una afibrinogenemia congénita —para entendernos: mi sangre coagula tarde, mal o nada, a discreción— y me he pasado más horas en plantas de hematología y servicios de urgencias que muchos profesionales que las pisan a diario. He visto, desde la cama, lo que hace bien una enfermera y lo que hace mal: a veces es la diferencia entre una vía perfecta y una vía que duele tres días, entre una transfusión sin sustos y una transfusión con sustos, entre llegar viva al alta o necesitar una segunda admisión por una complicación que se podía haber leído. Le aseguro que ningún algoritmo, ninguna inteligencia artificial, ningún protocolo automatizado va a sustituir todavía —y cuando lo intente, lo hará mal y lo hará caro— a la mujer que entra en mi habitación a las tres de la mañana, mira el goteo, mira la pantalla, me mira a mí, hace tres preguntas exactas y decide si llama o no llama al médico de guardia. Esa decisión es clínica. No es ejecutiva. Y vale lo que vale.
Por eso me importa que en mi nómina ponga A1 y no A2, y por eso me importa que la plantilla del turno de noche no sea una broma de almacenista. No es vanidad de gremio. Es que mi vida, literalmente, ha dependido varias veces de que la enfermera de las tres de la mañana estuviera bien formada, bien pagada, bien dotada de tiempo y bien reconocida en su autonomía clínica. La mía y la de cualquiera. Lo argumenté hace unos meses con detalle, citando la última revisión Cochrane y la ley vigente, y no quiero repetirme aquí; me limito a la conclusión: medicina y enfermería no son sustituibles, y precisamente por eso son irreductiblemente complementarias e imprescindibles las dos.
No escribo esto desde el agravio, porque el agravio agria y la enfermería ya está bastante cansada como para encima ponerse rancia. Lo escribo el doce de mayo, sin pancartas, pensando en Florence cruzando los pabellones de Scutari con un fanal y un cuaderno, y en las compañeras que esta noche cuidan un postoperatorio complejo, una agonía, un debut diabético, un niño con epidermólisis ampollosa al que las curas le ocupan tres horas. Vivir es urgente, lo llevo años escribiendo. Cuidar también lo es. Y cobrar, profesionalmente hablando, como lo que una es no debería ser, en un país serio, una reivindicación de cumpleaños.