(esa maravillosa virtud que te asignan cuando ya no te queda otra cosa)

Yo no quería ser resiliente. No es una frase ingeniosa ni una forma elegante de empezar un texto: es la verdad desnuda. No lo quería porque nadie quiere ser resiliente antes de necesitarlo. Nadie sueña con ello. Nadie se levanta un día pensando que le gustaría convertirse en una persona capaz de aguantar lo que venga sin perder demasiado la compostura. Cuando una imagina su vida imagina elecciones, proyectos, incluso errores propios, pero no imagina especializarse en sobrevivir con dignidad silenciosa. La resiliencia no es una vocación ni una virtud cultivada con mimo. Es una consecuencia directa de que la vida decida ponerse creativa contigo.
La resiliencia llega cuando ya no queda espacio para el dramatismo estético ni para las retiradas con banda sonora. Llega cuando el cuerpo empieza a imponer sus propias normas y tú tienes que aprender a convivir con ellas sin hacer demasiado ruido. Llega cuando entiendes que no hay un botón de pausa ni un “luego vemos”, y que lo único disponible es seguir, aunque no sepas muy bien hacia dónde. Y sigues. Sigues porque no hay alternativa práctica, porque la vida no se detiene a esperar a que entiendas lo que está pasando, porque el mundo sigue girando con una indiferencia bastante sólida.
Así que aquí estoy. Resiliente. No por elección ni por mérito, sino por descarte. Y lo más curioso es que, una vez que te colocan ahí, la palabra empieza a circular a tu alrededor con una facilidad insultante. Aparece en conversaciones, en comentarios aparentemente amables, en silencios cargados de admiración cómoda. “Qué bien lo llevas”. “Es que tú eres muy fuerte”. Siempre dicho con ese tono tranquilizador que solo puede usar quien no está llevando nada que le desborde la vida. La resiliencia ajena siempre resulta inspiradora; la propia, bastante menos.

Desde fuera, la resiliencia es preciosa. Tiene algo de relato edificante, de ejemplo vital, de historia que se cuenta sin demasiados detalles incómodos. Desde dentro es otra cosa. Desde dentro es cansancio acumulado, costumbre, adaptación constante y una capacidad casi técnica para seguir funcionando con grietas internas sin que se noten demasiado. Es aprender a vivir sin descanso real, solo con cambios de ritmo y pequeños pactos diarios contigo misma. Pero como no lloras en público, como no te derrumbas en lugares estratégicos, como sigues trabajando, pensando, organizando y viviendo, el diagnóstico social es rápido y tranquilizador: resiliente. Etiqueta puesta. Caso cerrado.
Ser resiliente tiene ventajas sociales evidentes. La principal es que nadie se preocupa demasiado por ti. Y digo “demasiado” porque siempre hay una dosis mínima de preocupación, la justa para quedar bien y seguir adelante sin culpa. Pero la preocupación profunda, la que obliga a quedarse, a escuchar de verdad, a aceptar que no hay soluciones rápidas, esa no suele aparecer. Porque tú puedes. Tú siempre puedes. Tú lo llevas bien. Da igual que el cuerpo esté haciendo cosas raras, que la cabeza vaya con cierto retraso o que por dentro estés diciendo “otra vez no” con una mezcla de ironía y agotamiento. Tú sonríes. Cumples. No generas alarma. Y eso tranquiliza muchísimo al entorno. Qué alivio contar con alguien que no incomoda.

Lo más perverso de la resiliencia es la comparativa silenciosa que se establece sin que nadie la nombre. Yo gestiono problemas de salud de esos que no caben en una frase corta, de los que requieren contexto, tiempo y palabras que no se usan en conversaciones ligeras. Problemas que no se solucionan con dormir mejor ni con pensar en positivo. Mientras tanto, a mi alrededor, se gestionan dramas de otra escala: un corte pequeño, un dolor puntual, una mala noche. Drama absoluto. Crisis vital. Colapso emocional.
“No sabes lo mal que estoy”.
“Esto no es normal”.
“Creo que nunca me había pasado algo así”.
Yo escucho. Asiento. Mantengo una expresión neutra que ya debería cotizar como bien cultural. Por dentro pienso que, efectivamente, esto sí es nuevo, urgente y gravísimo. La resiliencia, además de resistencia, te otorga una paciencia infinita para no decir en voz alta lo que piensas. Porque decirlo quedaría feo. Porque no puedes decir “perdona, pero esto es una chorrada”. No puedes decir “si yo te contara”. No puedes decir “aguanta un poco”. Así que escuchas, relativizas y sigues siendo resiliente, que para eso te han puesto la medalla invisible.
Hay algo profundamente irónico en que la resiliencia sea tan admirada y tan poco compartida. Todo el mundo quiere tener a alguien resiliente cerca. Nadie quiere serlo. Porque ser resiliente implica haber pasado por lugares donde no había opción de derrumbarse, donde la fragilidad no era viable, donde había que seguir por pura inercia vital. Y eso no apetece. Pero qué bien queda decirlo desde fuera. “Es que tú eres muy fuerte”. Sí, claro. Fortísima. Como un pilar. Como una columna romana. Funcional, decorativa y silenciosa.
La resiliencia es esa virtud que te adjudican cuando haces lo que hay que hacer sin molestar demasiado. Porque hay una resiliencia aceptable y otra que incomoda. La aceptable es discreta, educada, eficiente. No hace ruido, no cuestiona el relato, no exige cambios. La que incomoda es la que se enfada, la que se queja, la que dice que algo es injusto. Esa ya no gusta tanto. Esa rompe la narrativa cómoda y obliga a mirar donde no apetece.
Yo no me quejo de ser resiliente. Me quejo del uso abusivo que se hace de mi resiliencia. De cómo se convierte en un recurso que los demás consumen sin preguntarse si se agota. Como si no tuviera efectos secundarios. Como si no hubiera días en los que la resiliencia se queda sin batería y lo único que queda es una persona bastante cansada de aguantar. Porque ser resiliente no significa estar bien. Significa seguir. Y seguir no siempre es elegante. A veces es torpe, a veces es automático, a veces es puro trámite vital. Pero desde fuera queda muy inspirador, y eso parece suficiente.
Hay frases que funcionan como trampas sociales perfectamente engrasadas. “Con todo lo que tú has pasado…” es una de ellas. Sí, con todo lo que he pasado, igual no me apetece escuchar que se te ha estropeado el día porque algo no ha salido como esperabas. No porque tu problema no sea válido, sino porque la diferencia de escala es obscena. Pero no digo nada. Porque relativizo. Porque sé que si abro la boca se me nota el cansancio acumulado y eso ya no encaja tan bien con el personaje.
La resiliencia tiene una trampa deliciosa: te convierte en el punto de referencia emocional. Si yo estoy bien, todo está bien. Si yo sigo, los demás se tranquilizan. Y si algún día no sigo, si un día flaqueo, aparece el desconcierto. Porque no estoy cumpliendo mi papel. Porque la resiliencia, cuando se convierte en expectativa, deja de ser virtud y pasa a ser obligación.

No quiero dejar de ser resiliente. No nos confundamos. La resiliencia me ha salvado más veces de las que puedo contar. Me ha dado humor cuando no había consuelo, lucidez cuando no había respuestas, ironía cuando lo único que quedaba era gritar. Pero no quiero que sea una condena perpetua ni un contrato indefinido sin derecho a descanso. No quiero que se me pida fortaleza a todo tren mientras otros se vienen abajo por un rasguño. No quiero que se espere de mí una serenidad infinita solo porque ya he demostrado que puedo.
Porque poder no significa querer. Y aguantar no significa que no pese.
Hay días en los que ser resiliente mola, de verdad. Me miro y pienso que lo estoy llevando sorprendentemente bien, que tengo recursos, que hay un temple que antes no sabía que existía. Y hay otros días en los que lo único que me apetece es mandar a alguien a la mierda con una sonrisa educada y una voz perfectamente modulada. Desde el cariño, por supuesto. No por maldad, sino porque hoy no me apetece sostener el drama ajeno mientras gestiono el mío con dignidad silenciosa.
La resiliencia no me hace superior. Me hace experimentada. Y la experiencia trae sarcasmo. Mucho. Porque cuando has pasado por suficientes cosas, pierdes la paciencia para el teatro innecesario. No para el dolor real, sino para la exageración permanente de lo mínimo. Aprendes a distinguir una cosa de la otra y, cuando hace falta, a reírte por dentro para no decir algo peor.
Yo no soy víctima. Eso sería demasiado fácil y, sinceramente, bastante aburrido. Soy resiliente hasta las narices. Es seguir adelante mientras piensas “sí, claro, otra vez”. Es escuchar dramas mínimos con cara neutra. Es saber cuándo callar y cuándo el silencio ya es una forma de ironía. Es usar el humor negro como válvula de escape para que no reviente todo por dentro.

Y si algún día no me ves fuerte, no te alarmes. No se ha roto nada. Es solo que la resiliencia está descansando. He decidido ser, por unas horas, una persona normal: sarcástica, cansada y con pocas ganas de sostener estupideces. Mañana, si hace falta, volveré a ser resiliente. Sé hacerlo. Lo he demostrado muchas veces.
Hoy no.
.