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Maribel Pastor

La vida no se administra con cuentagotas

Todos duermen, o eso espero. La casa se ha quedado en ese silencio espeso de las madrugadas, cuando hasta los muebles parecen contener la respiración. A mi lado, una respiración honda pero pacífica acompaña el sonido sordo de estas teclas, un sonido que a mí, en cambio, me devuelve una calma enorme, como si cada letra fuera una piedra pequeña que voy colocando en su sitio para poder pisar firme.

El cuerpo que me tocó en suerte vino desajustado de fábrica y así sigue, a su marcha: distinto, curioso, a veces insidioso y, por qué no decirlo, molesto.

Es un cuerpo con criterio propio, que no consulta, que decide por su cuenta cuándo toca protestar y por dónde. Un cuerpo al que le traen al pairo los manuales de fisiología. Cuando no son pitos son flautas; las manos, los pies o cualquier cosa de por medio, como si llevara dentro un inquilino caprichoso que cambia de habitación cada temporada solo para recordarme que sigue ahí.

¿Pero saben una cosa? Aunque ahora mismo, con este tecleo acompasado, las manos me duelen barbaridades —último episodio, de momento, de las putaditas de mi hardware—, este cuerpo, y no otro, es el que tengo, sin posibilidad de devolución ni garantía, sin ticket regalo ni libro de reclamaciones. Y he aprendido a habitarlo como se habita una casa vieja: conociendo qué escalón cruje, qué ventana no cierra bien, en qué rincón entra el frío. ¿Y saben qué más? Que me da igual, porque soy feliz. Sufro, pero vivo. ¡VIVO!

No sé si se puede vivir sin sufrir. Sospecho que no, que el sufrimiento viene incluido en el lote, como la letra pequeña de un contrato que firmamos sin leer el día en que nacemos.

El dolor, físico y emocional, me parece tan natural como inquietante, y jodido, para qué vamos a engañarnos. No pienso hacer de él una virtud ni venderlo como maestro sabio; el dolor duele, cansa y a veces humilla. Pero tampoco le voy a conceder el mando. Me gusta vivir y me gusta seguir, pase lo que pase, porque no queda otra que avanzar, y a ser posible hacia arriba y sin parar.

¿De qué me sirve frenar, si ni siquiera sé cuándo me parará la vida? Detenerse por miedo a gastarse me parece la manera más triste de desperdiciarse: guardar las fuerzas en un cajón para un día que quizá nunca llegue, como quien reserva la vajilla buena para una visita que jamás llama a la puerta.

«Cuídate», me dicen; «para un poco», me aconsejan; «no te exijas tanto». Son consejos llenos de amor y de buena intención, no lo dudo, y los recibo con gratitud aunque rara vez los siga. Pero déjenme explicarles algo. Crecí protegida por una campana de cristal bellísima y delicada, construida con todo el amor que mis padres me dieron en la infancia. Era un lugar tibio, limpio, sin corrientes de aire, donde todo estaba pensado para que nada me rozara. Y, sin embargo, dentro de ella, inevitablemente, me pasaban las mismas cosas que fuera.

El cristal amortiguaba los golpes del mundo, pero no los del cuerpo; podía mantener lejos a los demás, pero no a lo que ya llevaba dentro. Quizá por eso, y quizá demasiado pronto, me empeñé, incansable y terca, en romperla. No fue un acto de rebeldía contra quienes la levantaron, sino una necesidad casi física de respirar el aire de fuera, aunque estuviera más frío y oliera a intemperie.

Desde entonces no me ha ocurrido nada mejor ni peor que cuando estaba dentro. Las mismas averías, los mismos sobresaltos, las mismas noches largas. Pero soy más feliz, infinitamente más feliz, porque esta vida la elijo yo y no me la administran con cuentagotas, sino que me la bebo a tragos largos, sedienta de vida.

Aprendí que la felicidad y el sufrimiento pueden convivir sin anularse, que no son enemigos que se disputan un territorio sino dos inquilinos que comparten piso y acaban, a su manera, entendiéndose. Ese aprendizaje es necesario, y nadie puede hacerlo por ti. Eso sí, tengo que admitir que el dolor del cuerpo me cuesta mucho más llevarlo que el del alma. Al del alma le puedo poner palabras, darle vueltas, escribirlo, discutirlo con quien quiero; el del cuerpo no atiende a razones, no negocia, simplemente está, y hay que convivir con él sin que se te coma la paciencia.

Vivir.

Vivir, aunque a mucha gente le suene a contradicción, para mí es trabajar, superarme en el esfuerzo y conseguir todo aquello que me aseguraron que no conseguiría. Hay una satisfacción muy íntima, casi secreta, en llegar a un lugar donde alguien te dijo que no llegarías, y no es exactamente revancha: es la constatación de que los límites que otros dibujaron sobre mí eran eso, dibujos, y que se borran andando.

Me he pasado el juego, pero siempre inventan niveles nuevos, y yo sigo escalando porque escalar me hace feliz. No subo para mirar a nadie desde arriba, subo porque el esfuerzo me ordena por dentro, porque mientras trepo sé exactamente quién soy y hacia dónde voy. Fallar me molesta; no llegar me molesta todavía más.

El fallo forma parte del camino, se recoge, se aprende y se sigue; quedarse a medias, en cambio, me deja una espina que no sé arrancarme. Y lo hago porque me lo debo a mí misma, no por lo que piensen o crean los demás. A veces, no voy a negarlo, me cuesta horrores, y hay días en que el cuerpo y el cansancio se ponen de acuerdo para pedirme que lo deje. Pero cualquier esfuerzo merece la pena si sigo siendo quien quiero ser, y no la versión prudente y encogida que tanto tranquilizaría a todo el mundo.

Me gusta ser amiga de mis amigos. Caben todos en una habitación, sin demasiadas apreturas, y no lo digo con pena sino con orgullo, porque cada uno de ellos ocupa su sitio con nombre propio. Con ellos me encanta darlo todo, no porque deba, sino porque me nace, porque la amistad, tal como yo la entiendo, no se mide en favores devueltos sino en presencia: estar cuando hace falta y apartarse cuando no; fijarse en algo que les pueda gustar, una bobada, y llevarla con todo tu amor, porque no son objetos, sino momentos de cariño, cosas que te producen sensación de paz al evocarte a un amigo. El cuidado, que guía mi vida y mi profesión, ha de ser prioritario para tu familia y tus amigos, que son mi mundo. Son, en cierto modo, la otra cara de esa campana rota: si el cristal me separaba del mundo, ellos son el mundo que elegí dejar entrar.

Pero como digo una cosa digo la otra, he dejado de aguantar a aquellos para los que no tengo la importancia que creo merecerme. Aquellas amistades, que antaño pudieron ser maravillosas, e incluso haber sido personas hogar; la vida cambia, te lleva por caminos extraños, o quizá porque eliges otros. Pero si solo yo tiro del carro, amiga, ah!, eso si que no… estoy aquí, llámame cuando quieras, pero no esperas que persiga a quien no quiere estar o invertir cinco minutos en ti.

Antes, hasta no hace mucho, insistía una y otra vez…ahora me quiero más. Salvo claro, si tu condición personal te aleja de la vida social, por la causa que sea, estaré allí, lo lejos o lo cerca que prefieras.

Hágase esto extensible a toda persona humana… es decir, aunque sigo sufriendo por gente que me hace daño, cada vez estoy menos dispuesta a hacerlo, si tu no me quieres, yo me alejo… esto va a así, lo malo será que cuando a lo mejor, quieras volver, yo me haya ido por siempre y ya no recuerde quien eres.

Eso sin hablar de gente con tamaño de alevín de pez pequeño, que nadie sabe porque especie de mérito, tiene complejo de tiburon, pero que no sabe nada porque llora cuando le dan un aletazo. Queridos míos, primero demostrad, y luego ladrad, porque yo soy un lazarillo, que cuando ha de morder, ataca hasta morir por sus dueños, aunque parezca un perro bobalicón. Sirva esto de aviso a navegantes porque tengo demasiado que hacer en esta vida como para perder el tiempo con engreídos sin fondo. VIVO y no aguanto a imbéciles.

VIVO, con mi familia y AMIGOS, disfrutando, gozando, queriendo, viajando, acompañando, cuidando y amando…

Vivir, sin esperar a que pase algo, o no hacer otra por lo que pueda pasar. La experiencia me ha enseñado que las cosas llegan, quieras o no, me cuido, estoy en forma y me siguen pasando, así que viajare y montaré en tirolinas, me iré a confines lejanos porque quizá allí haya algo maravilloso y con suerte pueda ir con una de mis personas, mientras mi cabeza no deja de pensar ni emprender; de estudiar e investigar.

Y aquí sigo, de madrugada, con las manos protestando y la cabeza en paz. La respiración de al lado no se ha alterado, la casa continúa en silencio, y yo escribo un poco más de lo que debería, porque mañana también dolerá, pero hoy he decidido que este rato es mío. Vivir es urgente, y no pienso dejarlo para luego.