Egosiones

LÍBREME EL SEÑOR DE SER TIBIA

Me han llamado intensa, y lo dicen siempre bajando la voz, con esa piedad de quien cree estar avisándote de una mancha en la blusa, como si el estar entera, y luchar sin que nadie calle mi voz; fuera un desliz de higiene y no la única postura decente, ante una vida que reparte putadas sin pedir permiso, y sin la cortesía mínima de explicar para qué.

Llamar intensa a la que se implica es reprocharle que siga despierta en una sala donde el buen tono consiste en dormitar con los ojos abiertos y bautizar el sopor con el nombre noble de serenidad; y prefiero mil veces el mote que me cuelgan los tibios al elogio bien educado que reciben los que jamás se mojan por nada ni por nadie.

La vida, que no es amable ni tiene por qué serlo, golpea con frecuencia donde más duele y en el peor momento, y contra esa costumbre suya, el intenso pelea con todas sus fuerzas. 

Aunque haya aprendido, casi siempre tarde, que embestir de frente cada desgracia es testarudez y no coraje; que hay reveses que no se derrotan agarrándolos por el cuello, sino sosteniéndolos con los dos brazos hasta que amainan; que conviene aguardar sin rendirse, y distinguir la batalla que merece librarse de la que solo sirve para desangrarse en vano; aunque sea consciente de ello, a menudo, la insistencia de lo aparentemente mediocre y conformista; me irrita a menudo y me da por pelear por justicia ante molinos de viento.

La intensidad no está en pelear siempre y contra todo con la furia ciega de quien no sabe medir, sino en no volverse tibio ni siquiera en la manera de perder, en conservar el fuego encendido incluso cuando toca callar, ceder terreno o esperar el momento.

Sospecho, además, que lo que de verdad incomoda de mí, no es que sufra, porque sufrir, sufrimos todos; lo que incomoda es que me niegue a sufrir en voz baja y a media luz, con esa compostura de quien ha confundido la anestesia con la elegancia y el no sentir nada con la buena educación.

Hay quien defiende la templanza como si fuera una virtud, y en su justa medida lo es. 

Pero lo que suele venderse bajo ese nombre no es templanza sino cobardía perfumada, la de quien no arriesga por miedo al ridículo de que le sorprendan queriendo algo con ganas, y ha descubierto que el desdén sale gratis y protege; que despreciar lo que uno no se atreve a desear es la coartada más barata del mercado; y que basta con llamar intensa a la que arde para no tener que preguntarse por qué lleva uno mismo tanto tiempo apagado. 

Ahí entran los ofendiditos del mundo, que nos tachan de maleducadas aunque seamos exquisitas; de injustas por decir la cruda verdad; o de esclavistas por exigir la tercera parte de lo que damos.

Me sostiene un veredicto antiguo, aquel del Apocalipsis en que se promete vomitar al tibio precisamente por no ser ni frío ni caliente. Me sigue pareciendo la sentencia más exacta que se haya dictado jamás contra la mediocridad afable, contra esa gente que ha erigido el no desear nada con demasiada fuerza en toda una filosofía de vida, que se acomoda en el más o menos como quien se instala en una sala de espera y confunde el no haberse atrevido nunca con haber comprendido algo hondo sobre la prudencia.

La frustración de aquellos que no emprenden porque no es necesario hacer más, o porque ellas mismas no quieren, te paren, te aten de pies y manos…

Ya lo decía Melendi, casi me hago rico pero el banco dijo no.

Aquí está la distinción que me urge trazar, porque suele confundirse, por pura pereza de mirar de cerca, a la intensa que persigue lo exquisito, con la bruja maleducada, cuando entre una y otra media un abismo que se mide por una sola cosa: hacia dónde apunta la exigencia. La grosera descarga sobre los demás un listón que ella misma no piensa saltar, hace de su mal humor una aduana y cobra peaje por el privilegio de soportarla, y confunde alegremente el ser insufrible con el tener carácter. 

Las intensas que buscamos lo exquisito, en cambio, nos sometemos las primeras al rigor que reclamamos

Las intensas nos pulimos antes de exigirle brillo a nadie, se talla en silencio y sin testigos; y si nuestra presencia escuece no es porque maltrate a nadie; sino porque a quien ha hecho de la renuncia – a lo exquisito, a lo excelente- una virtud le resulta insoportable el espectáculo de alguien que todavía cree que las cosas pueden hacerse bien.

La grosería, por lo demás, es perezosa, porque gritar no cuesta nada y humillar es el atajo de quien se ha quedado sin argumento. 

La intensidad de verdad es una forma de trabajo, acaso la más agotadora de todas: la de sostener el nivel de exigencia contra el desánimo, contra el cansancio y contra la tentación permanente y dulcísima de conformarse con menos. Contra la desidia de lo cotidiano, con el «así es suficiente». Bien me decían mis maestros que quien aspire a aprobar, con seguridad suspenderá.

De manera que confundir a la exigente con la maleducada no es solo una injusticia, sino un error de mirada de quien no acierta a distinguir el fuego que forja, de aquel que solo quema.

La excelencia, esa palabra que los tibios pronuncian con retintín para ahorrarse el bochorno de intentar alcanzarla, no se alcanza jamás desde la indiferencia bien peinada, sino desde una terquedad que tiene algo de insolencia: la de tratar cada cosa como si importara por la razón sencilla de que importa, la de negarse a la mediocridad; incluso cuando la vida ya te ha dado motivos de sobra para bajar los brazos y firmar la rendición con cara de sabiduría. 

Y esa negativa a conformarse, sostenida después del golpe y no antes, cuando ya se sabe lo que cuesta y aun así se insiste, es la forma más alta de dignidad que conozco: la de quien encaja el zarpazo y responde no con la queja que mendiga compasión, sino con la obra que no le pide nada a nadie.

Y hay una ironía que no se me escapa, y que dejo dicha para que escueza: se acusa de intensa a la que hace, y jamás al que opina, cuando el más intenso de todos suele ser precisamente el espectador tibio que no ha hecho nada reseñable, pero tiene un dictamen preparado para cada obra ajena, ese que reparte veredictos desde la comodidad de no haberse arriesgado jamás y llama mesura a lo que no es más que falta de coraje. Ese que llega a lo más alto a costa de reír gracias a los que están arriba.

Mérito de subir montañas a costa de sonrisas, no de meritocracia, sino de tragar gusanos malolientes; instituciones públicas, en su mayoría (las privadas se arruinan) que premian a los que no les dan dolores de cabeza y siguen la senda marcada; que son borregos que buscan a su pastor, y chafan a todo lo que les resulte incómodo… eso es lo que provoca nauseas…  Porque, ¿a qué ser un humano correcto y ambicioso, que gusta de su labor y de hacer las cosas lo mejor que es capaz; le podría gustar ascender sin merecerlo?¿En que empresa decente no dejan a sus empleados trabajar más horas o emprender nuevos caminos de eficacia y eficiencia? la frustración me vuelve loca.

Defiendo todo esto sin levantar la voz, que es la parte que no esperan de mí, porque suponen a la intensa siempre armada de uñas y de escándalo. Y las verdaderamente intensas son de otra estirpe, una que no necesita avasallar ni humillar a nadie para brillar, que respeta al otro lo bastante como para no obligarlo a incendiarse en su hoguera y que, aun así, con toda la cortesía del mundo y sin un solo gramo de agresividad, no piensa pedir perdón por estar hecha de tensión y de hambre en un tiempo que premia el bostezo y condecora la indiferencia.

Una de las personas a las que más admiro y quiero del mundo, es así, intensa en casi todo, y creo que es esto el fondo de mi admiración; creo que ponerse la meta de la excelencia en la vida, en el trabajo, y en su persona misma, es agotador, y aún así no se rinde. Y por eso mismo, se positivamente, que ante todo aquello que se le ponga delante en la vida; antes o después, se rendirá ante el poder de la voluntad de la persona más fuerte que conozco, porque la fortaleza es también, saber hasta donde llegas.

Solo diré que aquellas que teman, envidien o huyan de las intensas, se equivocan de medio a medio, porque a poco que se mire dentro, se descubren personas increíblemente brillantes, y cariñosas hasta decir basta. Solo hay que tomarse la molestia de mirar dentro de aquella que tanto te pide. Sin duda, os esperan sorpresas maravillosas

Que me llamen intensa cuantas veces les plazca, que lo tomo por elogio mal dicho; tibia, jamás, porque de todas las maneras de morir, la tibieza es la única que se sufre despierto y encima se firma de puño y letra como si fuera un mérito.