Me encantan las tormentas eléctricas de verano; el aparato eléctrico, los rayos que parten el cielo y lo iluminan todo durante un segundo, la descarga que alivia el bochorno y se va sin pedir permiso. Hay algo en esa violencia breve y limpia que me resulta más honesta que muchas cosas que se presentan como estables. Las tormentas no mienten sobre lo que son.
Tampoco las personas que llevan contigo desde antes de que supieras quién ibas a ser. Y tampoco las que llegaron más tarde, casi sin avisar, y se quedaron como si siempre hubieran estado. Esas son las que yo llamo personas hogar. Gente con la que el cuerpo descansa. Con la que existir es menos costoso y bastante más bonito. Mi tribu.

Hay amistades que no necesitan explicación porque llevan tanto tiempo contigo que forman parte de lo que eres. Silvia y Cristina son así. Crecimos juntas, descubrimos juntas muchas de las etapas que te definen, las que no se olvidan, aunque quieras, las que te moldean sin pedirte permiso. Con ellas hay una historia compartida que no cabe en un resumen porque está hecha de miles de momentos pequeños que juntos pesan muchísimo.
Ana es otro tipo de raíz. Con ella crecí literalmente, y lo nuestro tiene una capa más: somos las herederas naturales de una amistad que empezó antes que nosotras, la de nuestros padres. Eso no se inventa. Eso se hereda y se honra. Hay vínculos que vienen de tan atrás que ya no sabes dónde empieza la historia de ellos y dónde empieza la tuya.
Alex apareció hace tanto tiempo que ya ni recuerdo el momento exacto. Eso es lo que pasa con los hermanos: no eliges el instante en que se convierten en imprescindibles porque cuando te das cuenta ya llevan años siéndolo. Con él la amistad funciona así, sin grandes aspavientos ni declaraciones, simplemente como algo que está y que no necesita demostración permanente.
Javi es otra cosa. Aparentemente lejos, pero esa distancia es solo geográfica y a ratos. Porque Javi tiene el don de aparecer en el momento exacto, despreocupadamente fiel, con esa manera suya de darte una mano firme entre risas, como si sostener a alguien y hacerle reír fueran la misma cosa. Y a veces lo son.
Luego están los que llegaron por caminos que nadie habría diseñado a propósito. Encarna me trajo mi mejor regalo y se quedó por siempre. Hay personas que entran en tu vida cargando algo que no sabías que necesitabas, y cuando se van a quedar es porque son exactamente eso: necesarias.

Sonia fue una bella casualidad de la vecindad. Así empezó, con la proximidad de la vida cotidiana, y así se quedó, convertida en familia de esa que no se explica pero que no se cuestiona.
Y luego está la historia de Blas y Clara, que merece contarse porque tiene esa estructura de las cosas que parecen demasiado redondas para ser verdad. Clara empezó siendo vecina y terminó siendo hermana. Blas llegó por otro camino, sin saber que en realidad era el mismo; compañero en la Quirón, se convirtió en ángel de la guarda de los que no se anuncian, sino que simplemente aparecen cuando hace tanta falta como respirar, literalmente. Y resulta que Clara y Blas estaban casados entre sí. Que la vida hace esas cosas. Que a veces te da de una vez todo lo que mereces, o en este caso, bastante más, que dos vidas mías de las siete que tienen los gatos, se las debo a él.
Y una jefa y compañera de trabajo; que dejó de ser simplemente eso, para convertirse en familia, con todo lo que trajo consigo, empezando por “Miguel”. Otra casualidad que se volvió imprescindible. Otra prueba de que los caminos que parecen profesionales a veces terminan siendo los más personales de todos. Otro regalo de la vida. Otras de las maravillas que surgen de repente.
Cada uno de ellos me trajo un regalo. No siempre un objeto ni un momento concreto: a veces el regalo era una persona.
Porque las personas bellas se relacionan con personas mejores.
Eso lo he comprobado una y otra vez: alrededor de mi tribu hay gente que es igual de buena que ellos, porque así funciona esto, porque la calidad atrae calidad y el amor atrae amor. Cada uno de los que se les une, son igualmente seres de luz, con matices como todos…

La tribu no es un grupo cerrado con fecha de fundación. Es algo vivo que crece cuando aparece alguien que encaja, que puede quedarse, que elige quedarse. Las nuevas incorporaciones llegan como llegaron las primeras: sin hacer ruido, pero para siempre.
Él, que no lo olvido, ni por un instante, es el amigo fundamental, el que esta porque no podría ser de otra forma; porque aunque nadie sabe nunca, ahora mismo no podría pasar ya no sin su amor, que por supuesto, sino con la amistad que nos unía ya, muchos años antes. Porque Salva es guía y compañero de fatigas, pero sobre todo confidente. ¿Será esto el secreto? Quién sabe

Yo lo único que sé ser, es yo misma. Del todo. A tope. Sin medias tintas. No conozco otra manera de querer que valga la pena, y no tengo intención de aprenderla. Con mi tribu quiero los siete días de la semana, porque sea cuando sea será reanudar la belleza de estar juntos. Aunque haga meses que no nos veamos. Aunque nos viéramos ayer.
La neurociencia tiene una explicación para esto, y me gusta porque resulta que también es exacta: el cerebro humano no está diseñado para funcionar solo. Necesita tribu para operar con la eficiencia que merece.
La soledad no es tristeza; es una señal de alarma biológica. Y cada abrazo con alguien de confianza libera en el cuerpo los mismos mecanismos que alivian el dolor físico. Cada abrazo, oxígeno. Lo escribí hace años sin saber que era literalmente cierto.
Yo vivo con una condición que hace que mi cuerpo trabaje más de lo habitual para mantenerse estable. Eso me ha dado una capacidad de lectura muy precisa sobre lo que el cuerpo agradece.
Y lo que más agradece, de manera consistente, es que haya alguien de confianza en la sala. Que haya tribu. Que haya personas hogar.
La enfermedad despeja la sala. Despacio, con una educación exquisita que al principio desconcierta y con el tiempo resulta clarificadora. Hay gente que no puede quedarse cuando el cuerpo ajeno se vuelve impredecible. No siempre es falta de amor. A veces es que no tienen el margen. Los coloco donde corresponde y sigo.

Hay otras veces que, sin embargo, conoces a las personas de una determinada forma y si su vida cambia, te dejan de lado, recoloco y continúo, hay un luto, a veces largo, pero la vida duele y has de dejar pasar cosas que te duelen demasiado para quedártelas, siendo que hay sufrimiento que no me abandona. La vida duele, pero, y esto es importante, los estímulos son neutros, depende de ti como te los tomes.
Lo que quedó después no lo elegí con la cabeza. Lo eligió algo más sabio: la capacidad de los que se quedaron para aguantar los silencios sin interpretarlos como rechazo, para no huir de las tormentas, para ofrecer presencia sostenida en lugar de intensidad puntual. Para entender que a veces lo único que hace falta es un cuerpo al lado que no pida conversación.
La tribu se junta siempre porque sus miembros lo desean. Nunca por obligación. En el momento en que se convierte en deber deja de ser tribu. Los que están, están porque quieren. Y saben quiénes son.