Egosiones

Un brindis a contrapelo

Hay quien escribe cartas de agradecimiento a sus maestros, a sus padres, a la gente que le hizo bien. Yo voy a brindar por la otra lista: la de los que me hicieron daño, me midieron el cuerpo, me llamaron exagerada o desaparecieron cuando dejé de serles útil. Porque, mal que me pese, también ellos han tenido algo que ver en lo que soy. Así que levanten la copa, que el brindis es largo y no todos van a salir bien parados.

Un brindis por quienes viven sus problemas como si fueran únicos en el mundo y son incapaces de ponerse en el lugar de nadie. Quién sabe cuándo darán con la horma de su zapato; ojalá la encuentren, aunque sea tarde, aunque sea de bruces.

Un hurra por aquellos matones de patio que, ya de mayores, encontraron un trabajo donde seguir haciendo exactamente lo mismo, con corbata y sin recreo. Espero que algún día se topen con un matón más grande —puede que sentado en el despacho de al lado, puede que firmándoles la nómina— y entiendan, por fin, lo que es mirar hacia arriba.

Un gracias sincero a quienes no saben, ni quieren saber, que hay dolores que no te dejan elegir el camino. Que hay vidas que son un brote eterno y, con mala suerte, un eterno mal estado que de vez en cuando empeora porque sí, sin avisar. Gracias, sobre todo, a los que te llaman adicta sin tener claro si a los procedimientos médicos o a hacerte la protagonista de una película dramática, de terror y de bajo presupuesto. Como si una eligiera el guion. Como si los hospitales tuvieran lista de espera para quienes se aburren.

Un saludito cariñoso a los del «qué buena cara tienes, no parece que estés mala», ese que se dice con una sonrisa y que insinúa, de paso, que igual le echas algo de cuento. Primos hermanos de los anteriores. Como si el dolor tuviera reloj, calendario y estación favorita. Como si doliera solo cuando se nota.

Brindo también, con especial ternura, por los que tienen la solución a mano y no te la han pedido pero te la dan igual: que si has probado el yoga, que si la cúrcuma, que si una tía suya se curó de algo parecido pensando en positivo. Como si esto se arreglara con una infusión y buena actitud, como si la sangre fuera a obedecer por fin a base de optimismo. Gente que confunde la medicina con el horóscopo y que se va tan contenta de haberte ayudado.

Y un aplauso para los que, en cuanto les cuentas algo, te devuelven de inmediato lo suyo, que siempre es peor. Tú tienes una mala racha; ellos, un primo que estuvo ingresado tres semanas. Tú estás cansada; ellos no duermen desde el noventa y dos. El dolor ajeno, para ciertas personas, es solo el pie para hablar del propio. Compiten en una carrera que nadie quiere ganar y encima esperan la medalla.

No olvidemos a quienes opinan sobre el cuerpo ajeno —su tamaño, su forma, sus kilos de más o de menos— y encima lo hacen por tu bien, que ahí está la guasa. Estés gorda o flaca, obesa o caquéctica, hayas adelgazado de golpe o engordado sin saber cómo, nadie, nadie puto sabe (lo siento) lo que eso te hace por dentro. A veces cerrar la boca no sirve solo para perder peso; sirve, sobre todo, para dejar de ser imbécil, que se cura peor.

Celebremos a los que te presionan para que les cuentes tus problemas, porque ellos están ahí para ayudarte, faltaría más. Y que, acto seguido, te explican que tu problema no es para tanto, que eres una exagerada, que mira que eres dramática, que no te lo tomes así. Gente que abre la puerta solo para enseñarte dónde está la salida.

Un brindis aparte por los que te prefieren fuerte. No por ti, claro, sino por ellos: porque tu fortaleza les ahorra el trabajo de sostenerte. «Es que tú puedes con todo», dicen, y se quedan tan anchos, como quien le cuelga la mochila al de al lado y sigue caminando ligero. La entereza ajena es muy cómoda cuando uno no piensa cargar con nada.

Y bien hallados los que envidian y reprochan al de enfrente justo lo que ellos hacen, pero multiplicado por diez. Espejos que prefieren romperte antes que mirarse.

Por último, gracias calurosas, de corazón, a quienes tienen un problema y se olvidan del resto del mundo como si nunca hubiéramos existido. A los que desaparecen en cuanto dejas de servirles, y que vuelven, eso sí, cuando escampa, como si nada, con la sonrisa puesta y la memoria en blanco.

A estas alturas, los que me conocen pensarán que me he fumado algo, y los que no, que estoy loca de remate. Ni una cosa ni otra. O las dos, según el día.

Porque todos estos parabienes no tienen otro objeto que agradecer, ya sin ironía, a toda esa gentuza, gentecilla o pobrecillos —que alguna vez también seré yo, que no tengo costumbre de santidad— porque entre todos han hecho de mí lo que soy. Para bien y para mal.

Una mujer que ha sufrido y sufre. Que unos llaman fuerte y otros no tanto, y que en cualquier caso es sensible y empática, y que no cree que el sufrimiento sea opcional, porque de él ha salido siempre algo mejor de lo que entró. Una que vive la vida con la intensidad de quien sabe que se acaba, que ama con locura lo que hace y a los suyos con demasiada, y que cuando se vuelca no se vuelca a medias: se vuelca al doscientos por cien y luego recoge ella sola los platos rotos.

Alguien que no soporta el rechazo. Que llora en soledad antes que pedir ayuda, que tiene pánico a molestar, que pide perdón hasta por respirar fuerte. Alguien que ama la soledad elegida y detesta la otra, la que llega sin permiso y le encoge el corazón con cosas que creía olvidadas. Alguien con tanta sed de saber que lo que no entiende se le convierte en obsesión, que no descansa hasta entenderlo y que, una vez lo entiende, ya está buscando lo siguiente que no comprende.

Una mujer que encontró en su profesión la salida limpia a sus dos rasgos más tercos: darse a los demás y aprender sin descanso para mejorarle la vida a quien, como ella, conoce el dolor y la incertidumbre. Para darles herramientas y amor a partes iguales, y empujarlos a seguir cuando ellos ya no se ven capaces.

Una que es incapaz de entender la maldad gratuita. Que, por muchas armas que tenga —lo dijo alguien con autoridad de sobra para decirlo—, no termina de entender un mundo donde la gente hiere a propósito. Y menos todavía cuando quien hiere es de los «cercanos», esos a quienes el amor se les supone, como el valor al soldado, y que justo por eso se permiten no tenerlo.

¿Tonta, ingenua? Sí. Pero soy yo, y me gusta amar y cuidar, y no pienso pedir disculpas por ello.

Aviso a navegantes, eso sí: a los que me tocan los c… les paro los pies. Tarde, a veces, pero se los paro.

Y que conste: creo en mí, en mi valía y en mi valor. Sé lo buena que soy en muchas cosas y lo regular que soy en otras tantas. Sé lo que merezco. Y, lo que más me ha costado aprender, sé también lo que no.

Por eso brindo, al final, por mí. Por la que sigue aquí, terca, agradecida hasta de lo que dolió, con la copa en alto y las heridas a la vista. Porque a estas alturas tengo una sola certeza, y la repito como quien reza: vivir es urgente.