De la debilidad, siempre fortaleza

¿Debilidad o fortaleza? ¿Castigos o aprendizajes? ¿Silencios o soledad?

Son preguntas del espíritu que surgen ante la debilidad más salvaje, impuesta, y tristemente usual. Pero de todas esas sensaciones sales siempre más fuerte, más sabia, más consciente de la vida, de tu piel, de tus entrañas y sobre todo, de tu alma más oculta.

Hace poco leí una frase en instagram, una de esas que te hacen pensar, y cuya autoría he intentado encontrar sin éxito. «Cuando un huevo se rompe desde fuera, la vida termina. Cuando se rompe desde dentro, la vida comienza. Todo cambio debe empezar desde tu interior». Si bien mi cambio no es, en sí mismo, de esos que suponen un huracán interno, ni me voy a transformar en un ser de luz; cada vez que la vida te pega un chillido, algo se remueve en tu interior.

No intento cambiar el viento, ni me quejo cuando vienen tormentas, simplemente adapto mis velas hacia donde sopla el viento, para que, aunque de más vueltas, me dejen seguir con mi camino, quizá deba recalar en más puertos y renunciar a alguna escala, pero de lo que no me cabe ninguna duda, es de que podré continuar mi travesía.

A menudo hay que recorrer enormes pasillos que se hacen interminables para llegar a tu destino, incluso a veces hay que repetirlo una y otra, y otra vez para aprender el mejor camino hacia la salida. Y no solo del edificio, sino del laberinto dónde a menudo tu alma se mete sin pretenderlo y no es capaz de salir. Pero siempre se sale, siempre consigo hallar la fuerza suficiente para aprender a caminar en la indecisión y transformarlo en fortaleza. Para aprender a que para llegar a tus metas hay que ejercitar tus piernas, tu corazón y tu espíritu. Y a que nadie, absolutamente nadie, puede decidir por mí hasta dónde puedo llegar.

Al final siempre hay luz

A veces la vida te pega un chillido, alto y claro. O paras tu o te para ella. Bien, a mí me ha parado. Y aunque en muy pocos días estaré en marcha, os aseguro que no será al mismo ritmo. Aún así, me enfrento a los escollos con alegría, preocupada si, pero aceptando y luchando por encontrar el equilibrio.

Sonrío aunque vengan mal dadas, aunque me enfrente a incógnitas. Incógnitas que me esfuerzo día a día y con todos los medios a mi alcance para poder volver a ser mí yo de siempre pero mejorado.

Aunque día a día mi cuerpo no acompañe a mi alma impaciente e imparable. Todo se puede conseguir, aunque no sea al ritmo que una desea. La fuerza viene de corazón y de mente. Solo hay que lograr equilibrar la fuerza y el poder del cuerpo. Y con ganas todo se consigue en la vida. Que nadie te diga lo que no puedes lograr… ahora coge fuerzas de nuevo.

Siempre, casi desde que nací, la vida me ha obligado a apretar los dientes sin parar y a escalar montañas. A ser independiente en mis decisiones, y a regatear con el dolor. Y he de reconocer que cada vez llevo peor las injerencias de aquellos que afirman, con la mejor de las intenciones, que no puedo o debo hacer tal o cual cosa. Yo marco mis ritmos, mi enfermedad las marca por mí a menudo; pero no le permito dominar mi voluntad, mi alegría (aunque a veces cueste); y mis ansias de superación. Pero de ninguna manera permito que nadie más marque mis límites, mis aspiraciones ni mi alma. Solo yo… y mi apretar mis dientes

Yo vivo la vida, marco mis metas y mi camino para conseguirlas. A veces, mi cuerpo me hace cambiar los plazos, pero no tengo más límites que mi propia voluntad, y quiero, exijo, y lucho por vivir, VIVIR, VIVIR y ser aquello que anhelo. Cuidar, con mis mejores armas, y con mi alma compasiva que comprende a aquel que sufre, porque yo he pasado por allí. Yo no soporto mis limitaciones, ni mi dolor. Vivo con él y lo integro en mi vida. Convierto eso que algunos ven como limitaciones, en una fortaleza sin límites, y en una voluntad sin límites. Yo no soporto la vida, que es el más preciado bien que poseo, la vivo con toda el alma.

Aprendo de mis errores, o lo intento, y los convierto en motor, en valores, en alegría. Para eso me esfuerzo en conocerlos, y en remediarlos.

Yo no vivo la enfermedad como una desgracia o castigo, sino aquello que me ha hecho quién soy. A veces, me siento sola, no porque la gente no me quiera -no soy tan necia- sino porque no entienden cuales son mis motores, los motivos de sufrimiento que tengo, lo que me hace avanzar, lo que me impulsa a no rendirme jamás.

Lo poco que me hace sufrir es que hay veces, que mi propia enfermedad hacen que no pueda acompañar a mis seres queridos en sus propios sufrimientos, como a mí me gustaría.

Sufro porque no entiendan que no baje mis expectativas de proyectos, no van a reducirse, si acaso se dilataran en el tiempo.

Lo único que lamento es el sufrimiento que causo a aquellos que me quieren y que creen en mí.

Pero lo único importante, es que pase lo que pase, jamás me rindo.