LA MUJER TRANSPARENTE TRAS EL MANIQUÍ

Ella paseaba por la vida, hacía cosas, se relacionaba: amaba, leía, escribía, sentía, aprendía, hacia todo y más, era querida y respetada, por mucha gente. O tal vez solo por poca, pero por la gente importante en su vida, por aquella que la miraba y veía lo que era en realidad. Una mujer inteligente, una mujer que sabia muchas cosas, y que conocía sus limitaciones. Una mujer de si tiempo, que vivía en su tiempo y que conocía el termino «inteligencia emocional». Que era capaz de empatizar, que podía ponerse en el lugar del otro. Una mujer que escondía un tesoro. Una mujer que, además estaba enferma.

Luego estaba la otra mujer, una mujer débil, enferma, que se esforzaba en hacer cosas pero a la que nada salía bien. Su familia le hacia creer que valía pero era solo por pena, pobre, que jamás iba a poder hacer nada sola, que siempre iba a depender de ellos, pobre, porque nunca iban a amarla. La educaron para pensar que ella no valía nada porque ella era un enferma.

Ser y estar en español, no es como en inglés. En nuestro querido y rico idioma, tienen conjugaciones y significados distintos. Pero mucha gente no lo sabe, o no lo quiere saber, es como si se empeñaran en atribuir a la gente enferma otra mala cualidad: la subnormalidad.

En este mundo de hoy todavía la estúpida idea casi, casi nazi, sobre las personas con necesidades especiales. ¿Por qué se habla a los ciegos en voz alta? ¿Por qué razón se castiga a los minusválidos con esa sempiterna mirada de lástima? ¿Por qué razón se cree que una persona con una puta enfermedad congénita nunca podrá hacer nada por si misma? Es como castigar a alguien dos veces por un delito que no cometió.

A mi nunca jamás se me ha permitido el beneficio de la duda. No realmente, solo eran palabras vanas. Siempre he estado limitada por la idea que ellos tienen de mi, un puto maniquí que todos ven, mi familia, las cotorras tristes…, los que trabajan en el «negocio familiar»… y los que saben de mi enfermedad antes de conocerme realmente. Mi voz no se oye, mi persona no se mira. Solo se ve al maniquí que han hecho con mi cara. Bata pues.

Yo no soy como ellos piensan, yo muchísimo mejor. No hay peor ciego, que quien no quiere ver. Yo ya me he hartado de defenderme sin motivo

Quizá cuando aprendan a verme, cuando se quiten las gafas del prejuicio, ya sea tarde, ya me haya ido donde me quieren… solo tal vez ya estoy harta de que me castiguen y me entierren dentro de un maniquí.