Miedo, ¿más allá de la razón?

Antes que nada, aviso a navegantes alarmistas. Todo lo que aquí se narre, no corresponde exactamente a mi realidad, ni a mis miedos. El propósito de mis palabras no es un diario autobiográfico exactamente, hablaré de mis miedos y algo de los miedos de otros o de todos. Miedos que nos son comunes por el hecho mismo de ser humanos; miedos que generan nuestras vidas por el hecho de ser vividas en el momento actual en el que nos encontramos; miedos propios y miedos de otros con nombre y apellidos, que por supuesto nunca serán desvelados. 

La segunda consideración a tener en cuenta antes de proseguir esta lectura es que, indubitadamente, no pretende ser trágica ni dramática, ni tener intención alguna de generar pena o compasión mal entendida a la que suscribe. El miedo es parte de la vida, es útil como mecanismo de alerta y defensa; y es sano hablar de él.

Aunque este tema llevaba tiempo en mi cabeza, como tema de “conversación” en este humilde blog; han sido dos causas las que me han llevado a tratarlo justo ahora, uno ha sido a causa del planteamiento de varios temas por parte de un amigo, que hicieron que saltaran mis alarmas, parecían estar motivados por el miedo. Dos, precisamente la newsletter de Enric Sánchez, que hablaba precisamente del miedo: 

“El miedo es el arma más potente que existe. Nacemos con miedo porque no sabemos dónde estamos y morimos con miedo porque no sabemos a dónde vamos. El miedo está detrás de todas las decisiones que tomamos. Miedo a enamorarse, miedo a estar solo, miedo a arruinarse, miedo a enfermar, miedo a morir, miedo a no encajar, miedo a perder, miedo a fracasar. Miedo, miedo, miedo. (…) Por miedo hacemos lo que hacemos y creemos lo que creemos. Y me pregunto: ¿Qué haríamos y, sobre todo, en qué creeríamos si no tuviéramos miedo?”

Enric Sanchez

Así a bote pronto, no estoy de acuerdo en que nazcamos con miedo, sino que conforme crecemos, vamos desarrollándolo como vital mecanismo de defensa, ante los peligros a los que nos expone el hecho de vivir. Una persona que no percibe el peligro, rara vez tiene miedo. Si, naturalmente, estoy de acuerdo en que el miedo, media en cada decisión de forma naturalmente inconsciente. 

El miedo a perder la salud, se manifiesta cuando aparecen los primeros síntomas de las primeras enfermedades, y si no la tienes de tu lado, la salud, tienes miedo a empeorar, a morir, a quedarte aislado del mundo que no puede esperar a que sanes, a perder tiempo y oportunidades; a que no descubran a tiempo el mal que te aqueja, a cuidarte, pero sin pasarte de frenada, no sea que te obsesiones con el culto al cuerpo y eso te lleve a desórdenes aún peores. 

A veces ese miedo puede conducirte precisamente a conductas contrarias y a pedirle a tu cuerpo que responda como si tal cosa, a la vida que tú te has marcado, por miedo a fracasar, a ser olvidada, a no alcanzar tus metas en tus plazos, irreales y marcados por unas exigencias de la vida “rueda de hámster” en la que nos embarca un piloto automático. Para eso esta, queridos míos, hay que parar a vivir el presente, a respirar y a aceptar el miedo, una y otra vez, cuando de nuevo, te atenace sin remedio. Cada vez, para, piensa, e intenta que no te arrastre; es un trabajo constante… cansado a veces, pero creedme, es peor dejarse arrollar por él.

Otro miedo común a casi todos es a la soledad. A las causas que la provocan, a la deslealtad de aquellos que amas. Tanto la lingüística como la costumbre, asocian firmemente la lealtad a la fidelidad, ¿pero hasta dónde alcanza el término de fiel? En el matrimonio, el concepto de fidelidad está muy devastado; hay quienes creen que el ser humano no es naturalmente monógamo por lo que el intento de establecer una vida estable junto a otra persona de por vida es ir contra su naturaleza. 

Pic by El Cuarto Oscuro. Miedo como motor de esperanza

Mi opinión vital es que la promesa de fidelidad no se hace una vez; sino cada día, dos personas, que crecen juntas y cuya vida cambia, evoluciona y se transforma, año a año, día a día, las prioridades cambian… y la forma en la que amas también, por fortuna (sería agotador vivir siempre en la etapa de las mariposas); pero, y siempre bajo mi punto de vista, hemos de aceptar que el individuo está atado por millones de micro obligaciones, entre las que el matrimonio no debe ser considerado como una más, sino como una palanca de ayuda y apoyo mutuo. Si el miedo a perder a tu pareja, a no ser suficiente, a creer que eres más o menos, mejor o peor que tu -horriblemente llamado, por falsario- “alter ego”, es lo que hará que dudes de ti o del otro, que sientas una obligación ser siempre perfecto, porque si “te dejas, te dejarán”. De nuevo, y siempre, el miedo te arrastra, te agota y explotas, mucho más allá de una archiconocida “infidelidad” que no es más que la punta del iceberg. 

Hablo en esta ocasión por mí y en este momento; nadie sabe lo que puede pasar mañana, y como tal, se le plantará cara cuando corresponda. No hay nada que de más miedo, y provoque reacción, que la certeza de saber que nadie sabe lo que pasará mañana. Pero para mí, y hasta ahora el secreto es ir moldeando tus expectativas a los cambios a los que te conduce la vida. 

Sentimientos, ambiciones, hijos, salud, inquietudes, obligaciones laborales, familiares (familia extensa) exigencias sociales…, sexualidad que evoluciona; todo ello nos hace cambiar como personas y, por tanto, ha de hacer cambiar el horizonte de nuestras exigencias… no se trata de disminuir o aumentar estas, sino simplemente ir creciendo como pareja, adaptándose al ritmo del otro. No soy tan imbécil -no me considero así, al menos- de intentar venderos que mi vida no tiene altibajos de todo tipo, y que muchas veces el miedo me atenaza…, pero por ahora, y pasando épocas de todo tipo, puedo decir que nos ha ido y nos va, bastante bien. El miedo es inquietud que te mantiene alerta, orientada, a no dar nada por sentado, y que por tanto, no te puedes dejar llevar por la desidia que da lo «seguro». Nada ni nadie lo es, y por eso precisamente, la vida es un bello desafío diario.

Cabe recordar que la fidelidad es una virtud que nace a partir del respeto por la confianza que una persona deposita en otra (o en si misma), y que va mucho más lejos de la manida fidelidad a la pareja, hay que ser fiel a los amigos, aceptando al otro como es y amándolo siempre de esa manera; regalando sin esperar recompensa alguna (porque ya no sería amistad, sino intercambio de haberes) comprensión, escucha activa, respeto a sus tiempos. 

Uno de los miedos que más a menudo me ha atenazado, es precisamente perder a alguien por no ser merecedora de su amistad, o de su amor familiar, de no ser suficiente; y ese miedo me ha hecho cometer errores, de excesiva presencia o excesivo celo, de exigencias excesivas o de no respetar sus límites, por escuchar más mis deseos y mi anhelo de agradar, de ser perfecta, la persona que necesita; que sus necesidades reales. Mi convicción es que una persona leal no es aquella que asiente en todo sobre lo expuesto por otra a la que quiere y respeta, sino a quien le gusta confrontar y expresar sus ideas frente a una causa, con sinceridad y asertividad, aunque a menudo resulte duro, y desde luego poco confortable, pero necesario si conviniera al bienestar de aquel a quien consideras tu amigo.

Me jacto de ser leal a las personas con las que de cualquier manera me comprometo, porque lo hago hasta las últimas consecuencias, por mucho vértigo, por mucho miedo que produzca. 

Solo hay un límite, a mi parecer, en cualquier relación; que es precisamente, perderte, dejar de ser leal a ti mismo y a tus principios, que, sin ser inamovibles, han de ser claros y con límites, los tuyos. Nunca (y casi no utilizo esta palabra, por considerarla falaz) debes permitir que la lealtad al otro te haga traicionar tus principios, los valores que sustentan tu vida; en definitiva, te hagan ser desleal a ti mismo. Porque entonces, amigos, si que desatarás al miedo con toda su furia, y perderás pie.

Y finalmente, el miedo a la muerte, y a dejar cosas sin acabar, cosas sin decir. La muerte, que forma parte de mi profesión diariamente; sigue siendo un absoluto tabú social, y es precisamente el miedo que nos produce. Ser creyente dicen, alivia un poco ese miedo, pero lamento disentir en este sentido. Creyente como soy, me da el mismo miedo la muerte, porque no acabo de ver claro “lo del otro lado” aunque me consuele el morir con el perdón, me da un poco de paz. Me da más miedo lo que dejo que lo que me llevo… pero esto da para disertación aparte.

Miedo a muchas cosas, pero fe en mí y en mis fortalezas, a mi convicción de “artista de espíritu y fuerza de la naturaleza”, hacen que hasta en los peores momentos en que hablando mal y pronto “me cago de miedo”; logre con mucho trabajo, transformar miedo en motor, temor en luz, guía de mis acciones, dolor en resiliencia, mala salud en paciencia; y todo ello en anhelo de superación constante. Por todo esto y volviendo a la advertencia del principio, para terminar, reitero que la exposición de los miedos humanos, no significa que todos ellos hablan de mí ni significa que este hundida. 

Todo lo contrario, el miedo es motor. Y contestando humildemente a Enric, sino tuviéramos miedo, estaríamos muertos, y no podríamos creer en nada real, porque el miedo también es consciencia; siempre que no dejes que te domine. El verdadero desafío, que se renueva momento a momento, es equilibrar el miedo dejando que te permita actuar con sentido, y te permita avanzar, saltando más o menos lejos y tardando más o menos. El miedo es gasolina, que puede impulsarte a la velocidad que desees, o bien quemarte.

Hemos soñado, ahora tengamos miedo, es igual de necesario, soñar, temer y respirar.